lunes, 5 de abril de 2010

Siga el baile, siga el baile


Babel Orkesta

Este particular grupo integrado por cinco músicos y tres actores ofrece un show musical con características circenses y teatrales, donde una parte esencial del espectáculo es la fiesta que se produce entre la gente, que pasa de espectadora a protagonista. Ritmos y géneros de diferentes latitudes hacen de la Babel Orkesta una banda en la que la música permite el encuentro, el baile y la celebración.

En unos pocos minutos, la chica que conversa con su pareja al lado mío, a la que juro que no conozco ni de vista, estará tomada a mi cintura en un frenético trencito humano que atraviesa el patio de la Ciudad Cultural Konex al compás de la música que despliega la Babel Orkesta y que hace imposible que no participes de esta fiesta.
Como un cumpleaños de quince o un casamiento pero con gente a la que no frecuentás, y a la que no te liga ni siquiera el conocer a la quinceañera o a los novios, la propuesta de esta banda es que el show también lo hagas vos. Tanto, que sin darte cuenta los pies y la cadera se te mueven instintivamente y terminás, como ahora, tomado de la mano haciendo un círculo alrededor de la Orkesta y con el cuerpo desenfrenado. A tal punto, que la pareja de la chica que ya perdí entre la multitud, cambia su cara yogurt descremado y se ríe como si hubiera escuchado el mejor chiste en boca de un fino narrador.

Según la Biblia, cuyo legado afecta a muchos más de los que la leyeron y a bastante más de los que la creyeron, la torre de babel fue una pretendida construcción del hombre para alcanzar el cielo y llegar a Dios. Como éste se pone jodido con esos inventos humanos, hizo que los constructores comenzasen a hablar diferentes lenguas para que reine la confusión y no tuvieran éxito en la idea. Así, el mito se basa en la incomunicación humana, en la imposibilidad de la traducción y del entendimiento entre diferentes culturas.
Como un conjuro contra esta enseñanza bíblica del desencuentro, la Babel Orkesta decidió tomar prestado el nombre, cosa que ningún mandamiento prohíbe, y revertir la historia: frente a la condena al desentendimiento, la música que tocan es compartida en todo el mundo y la alegría que contagia va saltando de unos a otros, en una alquimia circense e itinerante. “No se podían comunicar con la palabra, pero sí con la música. Nos hicimos cargo de la orquesta de la torre de babel y no subimos arriba del mito, sin querer ser pretenciosos, pero desde un lugar humilde e irreverente”, me dirá Zeta Yeyati, unos de los músicos de la banda, cuando termine el show y aún esté maquillado. (Sí, es tan potente la puesta en escena que hasta los músicos se maquillan).
El espectáculo basiliense tiene amplia mixtura musical y teatral. Eso que aquí mencionan como “música del mundo” (klezmer, paso doble, vals, gypsy, tarantela, tango, swing) se conjuga con el baile colectivo de jóvenes, adultos, adolescentes, mayores, y hasta uno con el pie enyesado, que, obligados por esa mezcla de ritmos universales, salen también a escena y comparten un mismo espacio con los cinco músicos y tres actores que integran la Orkesta.
Los que ahora nos movemos improvisando y haciendo el ridículo en un contexto donde lo que no vale es no serlo, seríamos “espectadores” en cualquier show convencional: aquí somos una parte más del engranaje que este espectáculo ya echó a andar.
Lo que está pasando: un acordeón se mezcla con un sonido experimental de percusión. Es un sonido raro. Antiguo y moderno. Local y universal. Como si fuera Kusturica pero más cachengue. Mientra la música suena, los tres actores recrean escenas de otros tiempos que, a la vez, resultan actuales. Y sacan a la gente a bailar, a los que se suman los espontáneos, los valientes, los fiesteros o los ridículos, según la óptica con que se los mire. Al rato, tenés dos opciones: o seguís buscando calificativos y mirás la cosa desde afuera; o te sumas a esta especie de fiesta popular donde todo converge en una miscelánea armónica.
Así, Babel funciona como un antídoto contra esa concepción tan rock star según la cual el artista está a años luz de distancia de su público. Aquí, la propuesta es radicalmente opuesta: la Orkesta necesita tanto de la gente que está bailando como lo que bailan necesitan que la melodía siga permitiendo esta comunión musical que cobija a jóvenes, viejos, hijos, turistas, porteños y curiosos a hacer trencitos, círculos que se abren y se cierran, dúos de bailes, entre otros números artísticos que no tienen más lógica que seguir el ritmo de la música y pasar una buena noche a cielo abierto.
Después de una hora y media intensa, la banda se retira tal como había llegado, a puro ritmo, hasta perderse en las infinitas escaleras naranjas que son parte de la estructura del Konex. De los que participamos del show, pocos se van como vinieron: los veo alejarse con idéntico sentido de pertenencia que el de una caravana de hinchas de fútbol, aunque sin eso que algunos barrabravas de la palabra aún llaman “folclore”.
Con la intensidad todavía visible en sus cuerpos –y mientras van y vienen dentro del camarín en los preparativos para ir a tocar a una fiesta de casamiento– los Babel Orkesta Pablo Maitia (guitarra y banjo) y Zeta Yeyati (saxo soprano y flautas), paran la música y tocan otras cuestiones.

-¿Cómo dirían que funciona la lógica que propone “Babel Orkesta”?
-Zeta: Vemos que a la gente le hace bien, que somos un vehículo necesario, porque necesitan darse la mano y a veces no se logra por estar en pose. Entonces es como que quedás descolocado cuando ves bailando a todo el mundo, incluso a los pibitos. Apuntamos a crear una atmósfera distinta, a crear algo.

-¿Cuál es el génesis de la banda?
-Zeta: La orquesta surge de una necesidad de tener una banda ambulante. Su gestación fue similar a la de esos grupos de gitanos que van sumando músicos y sueños a su paso, así que se dio todo como muy naturalmente. Yo hacía ya más de 25 años que tocaba en La Mississippi  y quería armar siempre una cosa más de Nueva Orleáns, que toque un estilo de banda portátil, con instrumentos acústicos.

¿En qué instancia de crecimiento creen que está la Orkesta?
-Zeta: Estamos creciendo mucho. El objetivo es tratar de tener una identidad, que la gente que lo escuche diga “esto es Babel”, incorporar la palabra también. Hay mucho para hacer pero vamos de a poco. Es una banda que aún no tiene tres años.
-Pablo: Somos ambiciosos con la música pero humildes con cómo la tocamos. No hay improvisación porque no nos interesa mostrar el virtuosismo ni momentos de individualismo: la idea es compartir la música, en eso hay una austeridad musical: tocamos para que estemos todos acá. Ese es el ideario.


La Babel Orkesta levanta campamento y parte con su compañía itinerante hacia su próximo destino festivo. Se van, literalmente, con la música a otra parte, a todas partes.

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(Publicada en la revista "MU", abril de 2010)

Intrépida timidez

Entrevista a Marcelo Rodriguez, “Gillespi”

Personaje multifacético, no le teme a atravesar las fronteras que separan una tarea de otra. Aunque se reconoce tímido y melancólico es osado y capaz de exponerse en diversos ámbitos, sin temor al ridículo. Como si fuera un nene curioso, tiene un don para disfrutar cada cosa que le toca hacer. Con ustedes, un hombre versátil que busca escapar de cualquier etiqueta.

Por Luis Zarranz
Fotos: Gentileza PHSz
El edificio donde funciona la Rock and Pop tiene de todo, menos rebeldía. Más que el lugar desde donde emite la radio que pretende recoger el espíritu indócil del rock, si es que eso sigue siendo parte del género, parece uno de esos docks de Puerto Madero: mucho ladrillo a la vista, todo muy cool, muy “casual day”. Cada cosa -los muebles, las sillas, el dispenser de agua- está milimétricamente colocada pero con la deliberada intención de que parezca accidental. Casi una puesta en escena de uno de esos festivales rockeros que promueven las multinacionales.
De la escalera tipo caracol que conecta al estudio de radio del primer piso baja, tras finalizar su programa, Marcelo Rodríguez. ¿Quién? “Gillespi”, tal como se lo conoce luego de haber adoptado ese apodo en homenaje al famoso trompetista estadounidense Dizzy Gillespie. 
Hombre de múltiples facetas, músico, trompetista, humorista, productor musical de cine y tv, conductor de radio y televisión, autor del libro Blow (dedicado a la trompeta), blogger y varios, muchos, etcéteras.
Antes que todas estas cualidades, el tipo tiene un chip, al que respeta más que cualquier cosa, para conectarse con el placer. (Qué envidia). Una especie de olfato supremo con el que va ligando su mundo, con el exterior. Así, parece tener una pócima mágica para disfrutar, con la despreocupación de un nene de jardín de infantes, los compromisos más densos.
Baja la escalera como un caballo recién salido del corral, saluda y enseguida altera los planes: “¿Estás con auto? Subite al mío que vamos a comer algo y hacemos la nota ahí”, dice ante la mueca que trasluce la ausencia de vehículo propio.
Diez minutos hasta “Don Chicho”, un restaurante en la frontera de Villa Urquiza y Colegiales con fama de servir buenas y abundantes pastas a precios accesibles. Mientras elige qué comer no hace humor, ni radio, ni música, ni ningún personaje: es él, el mismo que dice ser siempre: “Yo simplemente me coloco en diferentes lugares pero siempre soy el mismo, la fuerza motora es una”.

-¿Y cuál es esa fuerza motora?
-Es la ganas de decir cosas, ya sea musicalmente, con la palabra, escribiendo. Es esa fuerza la que me mueve. No es que soy un tipo distinto cuando estoy en la radio que cuando toco música: soy exactamente el mismo. Hay días en que soy más músico, al otro me pongo a escribir para el blog, un día más tarde tengo ganas de hacer radio, y después vuelvo a ser músico.


 -¿Vivís las cosas como un juego?
-Sí, juego total. Ese es el germen, la base, y va acompañado de cierta astucia para que ese juego me deje dinero. Juego y después negocio cómo vivir del juego porque sin esa pata tenés que ir a laburar a una fábrica. Porque podés ser un trompetista bárbaro pero si no tenés la habilidad para subsistir en un mundo dominado por el dinero se transforma en un hobbie muy caro. Entonces hago un poco de las dos cosas: hay una parte mía empresarial, si querés.

-¿Cómo fue que aquel pibe de barrio de Monte Grande, zona sur del Conurbano, comenzó a interesarse por el jazz, que, por lo general, no está tan identificado con el barrio?
-Como siempre llega la buena música: con un padrino. En mi caso fue mi primo Enrique, un poco mayor que yo, que tocaba la guitarra y el violín. Me hizo escuchar selecciones de música, me enseñó y le debo bastante a él porque descubrí mi vocación en esas tardes que pasábamos en su habitación, en Monte Grande, tocando. Todavía no tocaba la trompeta, era guitarrista y tocábamos versiones de jazz, con dos guitarras, o él con el violín y yo con la viola. La trompeta vino un poco después.

-¿Cómo fue ese encuentro?
-Vino a medida que empecé a escuchar más jazz y descubrí a Miles Davis, que me cambió la dimensión de todo, porque para mi la trompeta era un instrumento un poco despreciado. Eran los años ochenta y no había muchos trompetistas, en la Argentina lo único que había eran las bandas militares. No sabía que la trompeta podía tener esta dimensión. Lo tenía como un instrumento de fanfarria, de circo, y no que podía transmitir otros tipos de sensaciones. Miles ubicó la trompeta en un lugar de protagonismo y sobre todo, no grasa. La trompeta es así, es terrible: no hay un punto intermedio.

-Hay como una especie de sentido común según el cual la época de oro del jazz fue en el 50 y fue irrepetible. ¿Eso es una mochila para la gente del género?
-Es real que la época de oro ya pasó. Ellos estaban creando y nosotros, recreando. Es como que tenés la certeza de que difícilmente puedas superar lo que se hizo en esa época, pero uno toca música porque le gusta, no para descubrir algo. El que toca blues ya sabe que existió B.B. King pero le gusta tocar blues, no se va a pegar un tiro en el paladar porque ya existieron los mejores bluseros, pero está bueno recrearlo, tocarlo.

“Gillespi” gesticula cada una de las palabras que le salen de la boca mientras saborea el vino que sirve de antesala a las pastas que llegarán en cualquier momento. Se autodefine como "un tipo melancólico", aunque no lo parezca.

-¿La nostalgia te permite crear?
-Sí, por supuesto. La nostalgia y la melancolía te permiten crear mucho más que la alegría y que la euforia. Las mejores obras han salido de espíritus atormentados. A mi me gusta mucho más la canción de amor del tipo que lo dejaron, que la del tipo que está con la mina. Me gusta mucho más Calamaro triste que contento; desde el dolor han salido grandes obras.

-Hablás de melancolía pero hacés reír…
-Sí, pero hago reír desde el cinismo y desde la visión sarcástica de la realidad, no soy payaso sino que toco la miseria de los que me están viendo. Los mejores humoristas, además, han sido gente muy melancólica. Incluso, los principales libretistas que tuve en los proyectos de radio y televisión eran pibes tristes, tímidos. El tímido tiene problemas de comunicación pero muchas veces es un terrible hijo de puta que mira desde afuera, desde su timidez, todo lo que pasa alrededor y es un lúcido testigo de los defectos de la miseria humana.

-Pero hacés reír y no sos tímido: ¿cómo hacés?
-Era tímido pero los medios me entrenaron. Cuando empecé en televisión no quería aparecer en cámara. Aparecí después de siete años de estar laburando con fobia. Hasta que Yankelevich me dijo “flaco, vas a aparecer en cámara porque me cago de risa con vos; firmá este papel”. Eran unas cuantas lucas en ese momento. Me sacó la fobia y paulatinamente me he ido entrenando para ser sociable. De hecho, vuelvo a ser tímido de acá a un rato.

(Publicada en la revistas "Sueños Compartidos", abril 2010, y "Al Margen, Junio 2010)

lunes, 8 de marzo de 2010

Corcovado: un pueblo tan inverosímil como real


A un año de la brutal represión institucional que sufrió el pueblo de Corcovado, Chubut, este viaje al lugar de los hechos permite conocer el testimonio de la familia Bustos, la más afectada por el accionar policial. 

Corcovado es un pueblo inverosímil, como de fábula. Recostado sobre el pie de la Cordillera de los Andes, a pocos kilómetros de la frontera chilena, y justo en el medio, en orientación norte-sur, de la provincia de Chubut, parece, en ciertos aspectos, vivir una siesta prolongada aunque los hechos que constituyen este artículo demostrarán lo falaz que resulta tal apreciación.
Llegar desde Esquel en el colectivo semiurbano que une los 100 kilómetros que separan a ambas localidades es un recorrido pintoresco para quienes viajan como turistas pero enfermaría de nervios a más de uno que debe hacerlo en forma diaria, a no ser porque la paciencia de los pobladores de la zona esté constituida por proporciones gigantes de estoicismo.
Las tres horas que todo el mundo dice que tarda el micro en unir los cien kilómetros, y que en la terminal de Esquel reducen a dos, terminan siendo cuatro en medio de una ruta a la que denominar de “ripio” sería grandilocuente. El colectivo atraviesa quebradas, aldeas de no más de diez casas, lagos perdidos, arroyos que caen como pequeñas cascadas; escala montañas con el motor pidiendo auxilio, serpentea precipicios y regala una vista intensa del esplendor de la cordillera andina que obliga a los ojos a inmutarse y a uno sentirse la nada misma.
Allí, al final de ese trayecto, nace Corcovado: algo más de 500 viviendas, distribuidas en un pequeño valle en medio de la inmensidad de los Andes que resiste el viento, la nieve y algo peor que cualquier inclemencia climatológica: la represión policial.
Allí, Marcos Bustos nos recibe con una sonrisa en la que se cuelan sus dientes blancos, blanquísimos. Marcos se ríe y ésta es la primera demostración contundente de su enorme fortaleza. Marcos es una de las víctimas del accionar policial que el 8 de marzo del año pasado atacó Corcovado demostrando que la represión policial no distingue entre ciudades grandes, pueblos chicos ni aldeas remotas, y que es capaz de llegar hasta los lugares más recónditos que puedan imaginarse. Marcos está en silla de ruedas producto de una bala y de la brutal golpiza que recibió de los agentes del GEOP (Grupo Especial de Operaciones Policiales de la provincia de Chubut), eufemismo para nombrar al grupo de tareas que se encarga del trabajo sucio que lleva implícita la política de “mano dura” que el gobernador Mario Das Neves pretende encarnizar en la provincia como plataforma para su proyecto presidencial. Nada novedoso, si no fuera por la pretensión oficial de que parezca una idea innovadora.
Marcos nos muestra su sonrisa dolorida, genuina, espontánea, hospitalaria y nos invita a acompañarlo hasta su casa, donde nos espera el resto de su familia. Es tanta la energía y la potencia que derrocha este pibe de 17 años que mientras nos guía hacia su casa en los menos de 300 metros que la separan de la terminal y nos cuenta el tratamiento que está llevando a cabo para intentar recuperarse, se niega, una y otra vez, a que lo ayudemos a empujar la silla de ruedas que lo traslada por esa calle empinada. Los golpes policiales hicieron que sólo pueda mover la cara, el cuello y los brazos. El resto de su cuerpo se lo apropiaron esos malditos con uniforme que, pese a todo lo que se ensañaron con él, no pudieron con su esperanza, ni con su vitalidad. En eso, Marcos tiene tanto como para hacer transfusión.
La puerta de la casa de la familia Bustos no se abre, ya está abierta, y desde adentro de la casa salen a nuestro encuentro Marta y Omar. Nos reciben con una hospitalidad imponente. Ya adentro, en medio de cientos de lazos invisibles que nos empiezan a amarrar, a hacernos sentir fraternalmente,enlazados, Corcovado volverá un año atrás su reloj para detenerse en aquel 8 de marzo en que la vida del pueblo, en general, y de la familia Bustos, en particular, cambió definitivamente: “No vamos a olvidar nunca lo que pasó”, dirá Marta antes de quebrarse en un llanto repetido, intenso, profundo, de adentro hacia fuera y de adentro hacia más adentro. “Perdimos la paz de la casa. Esto no va a ser nunca más igual a como era antes, porque éramos una familia unida, de compartir todo el tiempo la cena, el almuerzo, los nietos, todo. Eso se me terminó. Se me terminó todo esto”, afirmará, luego, Omar con los ojos brillosos y con ríos de lágrimas internos recorriendo su cuerpo sin desembocar en el exterior.
Marta y Omar son los padres de la familia Bustos. De sus 10 hijos éste es el saldo del accionar policial: Cristian desaparecido; Wilson, asesinado; Marcos, inválido; Daniel, detenido injustamente, golpeado y torturado con saña.
El cuadro permite dimensionar el dolor pero también explica la lucha que, desde entonces, lleva adelante la familia, con enorme integridad y escasos recursos. “Lo que pasó acá fue terrorismo de Estado. Porque si vienen a buscar a un prófugo no es para que pasara lo que pasó, que la gente vivió el terror: chicos que fueron apuntados con armas, chicos que fueron sacados desnudos. Una chica que se estaba bañando, la sacaron desnuda, apuntándole con un arma hasta afuera donde estaban sus padres; a una nenita, mientras apretaban y esposaban al padre, la sentaron en la silla con un arma en la cabeza, y ella, pobrecita, se orinó encima. Y después por siete días tiraron tiros toda la noche, andaban encapuchados para que nadie sepa quiénes eran”, narra Marta con escozor.
Luego agrega: “Yo tengo a mi hijo inválido, perdí a uno de 19 años que no llevaba armas en sus manos y el que está detenido, cuando se entregó, se arrodillo, levantó las manos arriba y sobre eso recibió un tiro en una pierna. Fue torturado en la Comisaría 1ª de Esquel, lo desnudaron, la patearon, lo sacaron para afuera de un paredón, le dijeron que subiera al paredón que le iban a gatillar. Total, iban a decir que se había querido escapar y ha recibido torturas de todo tipo”. La descripción que ofrece Marta, de tan clara, nos deslinda de la responsabilidad de agregar cualquier calificativo.
Más palabras de Marta: “Marcos, el que está en sillas de ruedas, estuvo tres días sin poder saber dónde lo tenían: si estaba en el hospital, si estaba vivo o muerto. Nos enteramos a los dos días que estaba internado. No podíamos llegar hacia él. Fue torturado dentro del hospital, lo quemaron con sopa, le ponían el arma en la cabeza, tuvimos que sacar un permiso para poder llegar a donde estaba. Lo tenían esposado, ya no caminaba, estaba internado con custodia policial. Después de insistir nos sacaron la custodia pero igual entraban al hospital a la hora que querían y lo amenazaban, estuvo amenazado todo el tiempo”.
Las palabras de Marta se chocan unas con otras en el apuro de querer salir todas juntas. Con la entereza que solo una madre es capaz de sacar a relucir en tales circunstancias, pero con el dolor dolorido, se sincera: “También quiero decir que tengo mucho miedo. Todas las noches llega el oscurecer y me paso mirando la ventana, hay noches que paso sin dormir, todo esto lo recuerdo día a día. Hoy más que nunca estoy viviendo un momento muy difícil. Yo viví la década del setenta con mis padres y hoy lo viví junto con mis hijos, entonces quiero pedir mucha ayuda a todos. Me van a perdonar que me quiebre pero es muy difícil”, dice antes de que el llanto florezca y se ramifique ganando todo su cuerpo.
Marta llora. Le brotan lágrimas de dolor e impotencia.
De rabia.
De angustia.

¿Democracia?
Omar, su esposo, resume el reclamo de Corcovado en palabras que, para este país, parecen ciencia ficción: “Lo único que pedimos es Justicia”. Agrega: “Pedimos que se declare que lo que pasó acá fue terrorismo de Estado, porque no fue otra cosa”. Luego se explaya: “Creo que estamos viviendo en democracia, no tiene por qué un gobernador venir y cortarnos la radio del pueblo por dos días y difundir solamente los hechos según la versión de la Policía. Fue todo un desastre: gente pateada, que le rompieron las cosas. Esos videos lo vio la Fiscalía también. Eso es terrorismo de Estado. Porque si van a buscar a un prófugo, creo que es gente que debería saber cómo actuar, no venir a hacer un desastre a un pueblo, más a uno chico como somos nosotros, que se puede decir que somos familia”.
El sentido común que aplica Omar, lamentablemente, se esfuma cuando se trata de un caso en el que intervienen las llamadas fuerzas del orden. “Está todo filmado. Volvimos al tiempo en que llegaba la Policía y el Ejército y daban dos o tres golpes y tiraban la puerta para afuera. Lo que vivimos acá en la cordillera es Terrorismo de Estado”, remata con sencillez y contundencia.

-¿A un año de los hechos, cómo está la gente de Corcovado?
-Quedó con miedo. Corcovado fue tomado por el grupo GEOP y la Policía de la provincia. A nosotros nos vigilaba la Policía hasta hace muy poquito. A donde nos movíamos, nos vigilaban. A mí me pedían cuatro o cinco veces los papeles del auto cuando iba a Esquel. Cuando llevábamos a Marcos al hospital no nos podíamos descuidar porque teníamos cuatro policías riéndose de él en la cara.

-¿Cómo fue que lesionan a Marcos?
-Es una cosa que no está clara porque, según dicen, a Marcos le tocó la médula la bala pero Marcos dejó de sentir la pierna después de que lo agarraron y se entregó, subió a la camioneta caminando y recibió una patada de un policía en la espalda y de ahí dejó de sentir las piernas y hasta el día de hoy no se le ha hecho ni una resonancia para saber si la médula fue quebrada de una patada o por una bala.
El nudo que Omar tiene en la garganta no se percibe con los ojos sino por los oídos, a través de la voz entrecortada que fluye mientras relata su historia. Corcovado también estuvo anudado aquel 8 de marzo. Entusiasmados con la cacería, los efectivos decidieron quedarse, entonces, algunos días más en el pueblo: “Fueron siete días y siete noches de tiros en el pueblo. No se sabía si les tiraban a los perros, a la gente. ¿Quién iba a salir a la calle? Hubo una orden que no se podía andar hasta más de las diez de la noche sin documento en mano. Acá nos conocemos todos, es un pueblo muy chico, cómo vamos a tener que andar con documento en la mano, por qué nos van a cortar la radio, que sólo difundía las cosas de la Policía. Está el Juez de Paz de testigo: cuánta gente fue a la comisaría a hacer la denuncia y no se las tomaron. Las tuvo que tomar el Juez de Paz”, explica Omar.
Agrega: “Hubo otros vecinos que denunciaron los malos tratos. La mayoría de la gente que fue afectada no tenía nada que ver, ni nosotros mismos que estábamos en la casa viviendo una vida tranquila, y de la noche a la mañana se nos apareció el hijo y yo no lo puedo atender afuera. Él bajó para entregarse. ¿Por qué no hicieron las cosas como las tenían que hacer? Esperar media hora más a que llegara el abogado ¿Por qué tuvieron que hacer este desastre?

-¿En el pueblo se habla de lo que pasó o es un tema tabú?
-Recién ahora la gente está empezando a acercarse a nosotros, a preguntarnos qué novedades hemos tenido, cómo van las cosas. Antes no se hablaba, toda la gente estaba callada, nadie se acercaba a la casa.

-¿Omar, contanos cuál es la situación de Daniel?
-Daniel es un preso político porque no tendría porqué estar preso. Aparte no vivía con nosotros, él tiene su casa. Llegó en el momento justo. Otra cosa: por qué lo dejaron entrar, si había un allanamiento de esta magnitud. ¿Por qué lo dejaron entrar? ¿Por qué no lo pararon afuera? Ellos venían mandado y tenían apoyo y firmeza de atrás. Lo que querían hacer es lo que pasó y si no le damos un corte, si no hacemos nada, van a seguir.

El análisis final de Omar tiene una lucidez apabullante y es ese el motor que le permite a esta familia, y a todo Corcovado, resistir la impunidad que rodea el accionar político y policial desde el 8 de marzo a la fecha.
Corcovado es un pueblo inverosímil, como de fábula, sí, pero es protagonista de una historia que de tan repetida parece un deja vu de otras tantas, ocurridas a lo largo de los años. Ese dato, por sí mismo, demuestra que estos actos de violencia institucional no son errores ni excesos sino la violencia sistemática y planificada con la que se pretende ejercer el control social e instaurar un miedo colectivo. Miedo como al que hacen referencia Marta y Omar.
Lo malo del miedo es cuando paraliza y la familia Bustos hace un año que no para de marchar. 

(8 de marzo de 2010)

viernes, 5 de marzo de 2010

Ni flores ni bombones

“Día Internacional de la Mujer Trabajadora”

El 8 de marzo se conmemora el “Día Internacional de la Mujer Trabajadora” en homenaje a las costureras estadounidenses que, en 1908, hicieron huelga para reclamar sus derechos y fueron incendiadas por el patrón dentro de la fábrica. Otras mujeres decidieron tomar esa fecha como jornada de lucha. Aunque desde entonces han logrado diversas conquistas históricas, aún sobran las razones para seguir reivindicando la igualdad de sus derechos.

“La mujer, está donde le corresponde.
Millones de años de evolución no se han equivocado,
pues la naturaleza tiene la capacidad
de corregir sus propios defectos.”
Albert Einstein

Por Luis Zarranz
La historia oficial le asigna a la mujer, desde antes que Einstein dejara claro que el machismo no diferencia niveles intelectuales, un papel de culpa: fue por una de ellas, Eva, que Dios echó a la humanidad del Paraíso y fue una del mismo sexo, Pandora, quien destapó la caja que llenó al mundo de desgracias.
Los libros de la primaria, cuando refieren a la conquista de América sólo hacen un lugarcito a las mujeres a la sombra de los próceres como madres abnegadas o viudas sufrientes. ¿El resto de su papel en aquellos años?: la bandera, el bordado y el luto. Rara vez se menciona la gesta que protagonizaron muchísimas de ellas.
Estos ejemplos reflejan, por citar tan solo algunos de los infinitos que podrían mencionarse, la situación de desigualdad, discriminación y opresión que sufren las mujeres, por cuestiones de género.
Así, en 1910, en la II Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas realizada en Copenhague, Dinamarca, se proclamó –a instancias de Clara Zetkin y Kathy Duncker, dos incansables luchadoras– el 8 de marzo como Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Ese es el nombre correcto para mencionar tal fecha, aunque luego el capitalismo se haya esforzado en quitar la cuestión de clase para imponer el mucho más suave “Día Internacional de la Mujer”.
La elección de ese día del calendario sintetiza la génesis por la que cada 8 de marzo debe ser considerado una jornada de reivindicaciones: dos años antes, 40 mil costureras industriales estadounidenses hacían huelga por el derecho a la sindicalización y en rechazo al trabajo infantil. El 8 de marzo de 1908 la fábrica textil Cotton de Nueva York era incendiada a manos de su dueño mientras las trabajadoras ocupaban la empresa: 129 de ellas quedaron atrapadas en el fuego patronal, pero su reclamo logró sobrevivir.
Desde entonces ha corrido mucha agua bajo el puente. En estos cien años la situación de la mujer ha avanzado de forma significativa aunque todavía queden muchas cosas pendientes para que la igualdad sea completa y efectiva. Aún hoy no son pocos los que se preguntan: “¿Un día de la mujer, para qué?”, como si el problema fuese el día en sí y no la situación de desigualdad que pone en evidencia. Imposibilitados de obviar la fecha, los medios proponen que cada 8 de marzo las mujeres reciban flores, bombones y saludos como fórmula para negar e invisibilizar los motivos que justifican no sólo ya su Día Internacional sino la situación de desigualdad que legitima tal fecha.
A través de los siglos, la concepción patriarcal ha considerado al hombre como centro de la humanidad en detrimento de la mujer. Cifras de la injusticia: en los países del sur, una de cada tres mujeres casadas recibe golpes por parte de su marido. Y a nivel mundial, de cada diez pobres, siete son mujeres.
Femicidios, violencia sexista, negación de derechos políticos y sociales, brecha salarial con respecto a los hombres son algunas de las cuestiones que tienen estricta actualidad y que ponen de relieve la cuestión de género y la pelea diaria que encarnan millones de mujeres contra tal situación.
En nuestro país la mujer ya representa más del 40% de la población económicamente activa y el 30% de los hogares está sostenido por jefas de hogar. Sin embargo ganan un tercio de lo que reciben los hombres por igual trabajo realizado. El 8 de marzo pasado la Confederación Internacional Sindical (CSI) presentó en Bruselas, Bélgica, el informe “(Des)igualdad de género en el mercado laboral: Visión general de las tendencias y  progresos mundiales centrado en la brecha salarial de género en el mundo”. El primer capítulo de este documento examina la diferencia entre los salarios de las mujeres con respecto a sus pares hombres. Los datos confirmaron lo que todo el mundo sabía: el promedio de la brecha salarial de género es de 22,4% a nivel mundial. En nuestro país, las últimas estadísticas sostienen que los hombres ganan entre un 30 y un 50% más que las mujeres por iguales tareas.
Pero hablar de la desigualdad de género jamás puede limitarse a una cuestión estrictamente salarial. Implica referirse a diversas realidades: a la violencia sexista que solamente el año pasado se cobró la vida de más de 200 mujeres; a la trata de personas y a las redes de prostitución, que esclavizan a millones de mujeres y cargan sobre sus espaldas la desaparición de más de 600 mujeres y niñas sólo en nuestro país; al derecho al aborto seguro, legal y gratuito que el Estado sigue negando y cuya consecuencia más visible son las cientos de mujeres fallecidas en abortos clandestinos; a la conversión de la mujer en un mero objeto de deseo que los medios estimulan como práctica cotidiana; etcétera, etcétera.
Como se aprecia, resulta indispensable rescatar el 8 de marzo como (otra) jornada para las reivindicaciones por la igualdad de derechos y no, como se pretende, como una fecha comercial color rosado. El Día Internacional de la Mujer Trabajadora implica no sólo ese día de lucha sino la necesidad de que ésta se multiplique y sea tan cotidiana como la situación de desigualdad que la genera.

Género  y movimiento obrero
“Las mujeres han tenido una participación central”
Por Luis Zarranz
Nicolás Iñigo Carrera es historiador, investigador, docente universitario y especialista en movimiento obrero. Estará a cargo de la jornada “La situación de la clase obrera en América Latina” en el Seminario “América Latina frente a la reacción neoliberal y el imperialismo. Aportes del conocimiento colectivo al proceso de liberación”, que comenzará en abril en la Universidad Popular Madres de Plaza de Mayo. En referencia al “Día Internacional de la Mujer Trabajadora”, aquí brinda algunas pistas sobre la participación femenina en las luchas sindicales y en los movimientos de trabajadores desocupados.

-¿Cuál ha sido la participación histórica de la mujer en el movimiento obrero y qué modificaciones ha tenido con el transcurso de los años?
-Desde los orígenes del movimiento obrero, tanto en Argentina como en el mundo, las mujeres han tenido una participación central: en las huelgas desarrolladas en los ramos productivos en que la fuerza de trabajo femenina era importante (muchas veces abrumadoramente mayoritaria), en la solidaridad con los huelguistas y en huelgas como la de inquilinos de 1907. Incluso en la lucha callejera: es notable, en la huelga general de enero de 1936, el papel de las mujeres y niños atacando y destruyendo los medios de transporte que no se plegaron a la huelga. En este aspecto no sé si ha habido grandes cambios.

-¿Por qué resulta tan difícil encontrar referencias de mujeres al frente de movimientos sindicales?
-Es menos frecuente que haya mujeres en los cargos más relevantes de las organizaciones sindicales. Si a comienzos del siglo XX esto podría explicarse por la condición legal de la mujer, desde los años 20 sólo puede ser atribuido a una concepción del mundo (que involucra a hombres y mujeres). Pero es evidente que la participación de las mujeres en los órganos directivos de los sindicatos se incrementó a lo largo del siglo XX y en las últimas décadas hay varios sindicatos que han tenido como secretaria general a una mujer.

-¿A tu criterio, cuáles son las razones por las que dentro de los movimientos de trabajadores desocupados la mujer ha tenido una irrupción tan destacada?
-En el movimiento de desocupados las mujeres han tenido una amplia participación en la movilización y en la organización de base, pero menos cuando se observa quiénes son los dirigentes principales, o sea que se repite lo del movimiento obrero. La importancia en la base probablemente tiene que ver con que se trata de las capas más pobres, donde la mujer tiene un papel relevante en la organización familiar (incluso muchas veces el hombre no existe y la mujer es cabeza de familia) y también el tipo de organización (ollas, comedores, etc) que están más asociadas a la mujer.

-El machismo imperante en buena parte de nuestra sociedad, ¿registra niveles similares dentro del movimiento obrero? Es decir, ¿los factores de clase, inhiben o potencian el machismo?
-Obviamente no son marcianos y, en líneas generales, siguen las pautas del conjunto de la sociedad. Pero hay que recordar que desde su origen el movimiento obrero (o al menos sus corrientes político ideológicas principales: socialismo, anarquismo, sindicalismo revolucionario, comunismo) planteó una lucha constante en el plano de las concepciones ideológicas y en la práctica, contra la opresión de las mujeres. Y esto tiene que ver con los factores de clase: la lucha por la construcción de una sociedad sin explotados ni oprimidos involucra desde el comienzo la lucha contra la opresión de la mujer. Esto no significa que mágicamente desaparezca el machismo, pero sí que se plantee su superación. Desde las clases opresoras, no puede haber oposición a la opresión misma sino que pueden aparecer reclamos contra tal o cual opresión (puede ser la de las mujeres), pero nunca con relación al conjunto social.

-Algunos sostienen que pueden establecerse diferencias en los modelos de conducción femenina respecto a los masculinos. ¿Existe tal cosa: un modelo "femenino" de conducción y otro "masculino"?
-La diferencia entre modelos de conducción masculina o femenina me parece un cuento chino; lo mismo que en cualquier otro grupo social. ¿Dónde estaría el modelo de conducción femenino? Las dirigentes sindicales, lo mismo que las dirigentes políticas construyen y ejercen el poder de las dos únicas maneras posibles en esta sociedad (y que son las mismas que las de los hombres): o sobre la base de la competencia, la explotación y la opresión, o sobre la base de la construcción de una nueva humanidad. Todo lo demás es verso. No quiero poner ejemplos de dirigentes sindicales, pero sí se pueden poner de políticas: Thatcher, Condolleza Rice, Isabel Perón.


De ellas no se habla
-En la Ciudad de Buenos Aires se denuncia una violación cada día y medio.
-De cada diez violaciones, sólo una se denuncia
-114 millones de mujeres y niñas sufren la ablación de clítoris, la mayoría en África, donde persiste el casamiento de niños y niñas.
-Cada día una mujer es quemada intencionalmente en Pakistán
-Los Derechos de la Mujer, proclamados en 1998 por las Naciones Unidas fueron incorporados a sus legislaciones por sólo 44 de los 193 países integrantes del organismo.
-En España la violencia de género es la primera causa de muerte entre las mujeres de 15 a 44 años, según la Organización Mundial de la Salud.
-El negocio mundial de la trata de personas genera ganancias por 32.000 millones de dólares al año y se ubica en el tercer lugar de un siniestro ranking internacional encabezado por la venta de armas y el comercio de drogas.

(Publicada en la revista "Sueños Compartidos", marzo 2010)

viernes, 5 de febrero de 2010

Modelo para armar

Julio Cortázar: tan actual como hace 26 años

Escritor de notable talento, Julio Cortázar tuvo, además, una mirada increíblemente lúcida que le permitió estar en Argentina, pese a vivir en París. Sus cuentos y novelas generan un mundo mágico y fantástico donde la ficción parece realidad y la realidad, ficción. A 26 años de su muerte, sigue tan presente como entonces, como siempre.

Por Luis Zarranz
Varias veces se ha dicho que una persona logra trascendencia cuando su nombre, un sustantivo, logra convertirse en un adjetivo que define tal o cual cosa (lo maradoniano, lo gardeliano, lo kafkiano). Cortázar ha logrado que lo cortazariano/a califique no sólo una manera de escribir, sino algo mucho más simple y complejo: una manera de ver el mundo. ¿Cómo? Mágica, donde lo fantástico no se diferencia tanto de lo real; humana, humilde, libre, lejana a todo dogma.
Es más, es tal el legado de su obra que hasta el término “cronopio”, inventado por él, terminó por convertirse en la aspiración de lo que más de uno quisiera ser: idealista, sensible y poco convencional, en claro contraste con los “famas”, que en términos cortazarianos, son los rígidos, organizados y sentenciosos.
Pocas personas, aún extendiendo la frontera más allá de la categoría “escritores”, han generado tanta admiración y cariño como Julio Cortázar: es imposible no evocarlo sin que se cuele una sonrisa en los labios. Si pudiera armarse una selección con los mejores escritores e intelectuales de nuestro país, si fuera posible tal cosa, sin duda alguna Cortázar jugaría de titular, y no sólo eso: sería una de las estrellas del equipo.
Quienes tuvieron el placer de leerlo, sienten devoción por su obra y por si vida: el cariño les queda demasiado chico. Los que no han tenido aún el gusto, traslucen el respeto aunque más no sea por las pequeñas referencias que tienen sobre él.
¿Qué despierta Cortázar, 26 años después de su muerte, para que sus libros sigan siendo de los más requeridos en cuanta librería exista; para que los jóvenes sean –desde siempre pese a los cambios generacionales– los que más se identifican con sus textos; para que florezcan ediciones especiales de revistas, reediciones de libros o notas como ésta?
No hay una respuesta inequívoca para responder. Eso sí, Cortázar fue, y sigue siendo, uno de los autores más innovadores y originales, maestro del relato corto y creador de importantes novelas que inauguraron una nueva forma de hacer literatura en Latinoamérica, rompiendo los moldes clásicos mediante narraciones que escapan de la linealidad temporal y donde los personajes adquieren una autonomía y una profundidad psicológica que generan un vínculo indestructible con quien los lee.
Pero Cortázar es mucho más que un buen escritor: es el hombre que apoya y defiende la Revolución Cubana y al Sandinismo en Nicaragua, defendiendo, también, el derecho a la crítica libre, “desde adentro”, como cuando alguien educa a un hijo y le dice “no hagas esto” para ayudarlo a crecer.
Es quien abriga, con fervor, la alegría, esa que en muchos sectores militantes queda taponada por el sentido dramático de la lucha (“No creo en las revoluciones sin alegría. No creo; no es posible”); resalta la importancia de lo lúdico, a punto tal de valorizar el juego por el juego mismo, algo infrecuente en la literatura, y una especie en vías de extinción en éstos, y aquellos, tiempos apurados. Su literatura es transformadora no sólo porque tiene un “contenido” en ese sentido sino porque procura revolucionar la forma misma, fracturar el lenguaje.
Pero sobre todo, Cortázar, quizá como entramado de todo esto, es un destructor de estereotipos y dogmas: ningún saco de encasillamiento le queda cómodo. Jamás negociará dos conceptos, que son mucho más que eso: el placer y la libertad. Y no se probará ningún traje que no contenga ambas cosas. ¿El secreto bajo esa pócima? La autenticidad. No hay nada que se le pueda atribuir haber hecho por “compromiso”, en la peor acepción del término.
Alguna vez, entre las tantas frases suyas que merecen entronarse, Julio afirmó: “Desde pequeño, mi relación con las palabras, con la escritura, no se diferencia de mi relación con el mundo en general. Yo parezco haber nacido para no aceptar las cosas tal como me son dadas”.
Esa es otra de las cualidades que definen lo cortazariano: mirar las cosas con ojos de recién llegado y no aceptarlas con la mansedumbre del conformismo rutinario. 

(Publicada en la revista "Sueños Compartidos", febrero 2010)

viernes, 29 de enero de 2010

La impunidad y sus antídotos


Este sábado 30 de enero se cumplen cinco años y un mes de la masacre de Cromañón. Que no haya ni una sola persona detenida es la muestra más contundente de la impunidad reinante. Contra ella, los familiares, amigos y sobrevivientes vienen generando diversos antídotos como lo fue el Tribunal Ético realizado el pasado 28 de diciembre.

Por Luis Zarranz

“Por Cromañón nadie tendría que ir preso,
salvo los que tiraron la bengala”.
Omar Chabán, Revista Gente (30/08/08)

Hasta donde se sabe, Omar Chabán no tiene dotes de adivino pero tal como recomendó, no hay nadie preso por la masacre de Cromañón y los cañones apuntan más a culpabilizar a los que arrojaron bengalas que a los que posibilitaron que el lugar se convirtiera en una cámara de gas sin salidas de emergencias, con material inflamable por doquier y con puertas con candados.
Es ese el dato más contundente de la impunidad del caso: no hay siquiera un solo detenido por una masacre en la que murieron 194 personas. Ese hecho alcanza, por sí mismo, para ejemplificar el grado de sordidez no sólo ya de la Justicia sino de todo un entramado de causalidades que fue, precisamente, el que posibilitó que aquella noche del 30 de diciembre de 2004 quedara marcada en el calendario de forma nefasta.
¿No es un hecho sintomático de la impunidad que no haya ningún detenido por un hecho donde las cadenas de responsabilidades son visibles hasta para un nene de jardín de infantes?
Los jueces que emitieron su fallo el 19 de agosto pasado decidieron que quienes fueron encontrados culpables no cumplan su condena de manera efectiva hasta que el fallo esté firme; es decir, que no tenga posibilidades de apelación. ¿Cuántas personas en el país son condenadas a 18 y 20 años de prisión –penas que recibieron el manager de la banda, Diego Algañaraz, el subcomisario Carlos Díaz y el propio Chabán– y tienen la posibilidad de esperar el cumplimiento efectivo de la condena en sus casas?
Si hay que ponerse contento porque el fallo sintetiza el espíritu de la corriente “garantista”, que nadie con dos dedos de frente y un mínimo de sensibilidad social puede desatender, cabe preguntarse si esos jueces aplicarían el mismo criterio si se tratase de algún hecho delictivo generado por cualquier hijo de vecino en, digamos, Ingeniero Budge, Turdera o Mataderos.
Lamentablemente la respuesta es obvia. Cuatro de cada cinco presos alojados en las cárceles de la Provincia de Buenos Aires no tienen condena firme. Y allí están.
Con ellos no hay garantismo que valga, a punto tal que se les aplica el criterio inverso: sin haber sido condenados aún –ni siquiera en primera instancia– se ven privados de su libertad, excediendo incluso el tiempo límite que marca la ley para tales casos.

La Ética
El lunes 28 de diciembre los familiares, amigos y sobrevivientes de Cromañón, acompañados por dirigentes políticos y sociales, intelectuales, abogados y periodistas, realizaron un Tribunal Ético en el Colegio Público de Abogados que, para la inmensa mayoría de los medios, pasó tan desapercibido como suelen hacerlo este tipo de actividades cuando son generadas por organizaciones sociales.
Además de la enorme contundencia ética, política, documental y testimonial, el juicio fue una bofetada tremenda contra el mote de “violentos” con que los medios de comunicación calificaron a los padres, para intentar desprestigiarlos y deslegitimizar el reclamo. El violento movimiento Cromañón, ante la violencia de un fallo que no resiste el menor análisis serio, eligió constituir un Tribunal Ético, en vez de apedrear a los jueces o corretear a los implicados. De tanta contundencia resulta inverosímil.
“La lucha por justicia incluye una sanción social de los responsables, porque la no sanción aumenta el daño a la sociedad toda, no solamente a los directamente afectados”, argumenta uno de los fragmentos de la sentencia del Tribunal, cuya lectura estuvo a cargo de Adriana Calvo, de la Asociación Ex Detenidos Desaparecidos.
En otro tramo el Jurado –haciendo referencia al alegato de la Fiscalía (Martín Caparrós y Laura Ginsberg)– sostuvo: “Es un desafío colectivo salirnos de esta lógica que plantea que todo debe seguir, en oposición al Nunca Más que alguna vez gritamos y hoy buscamos recuperar”.
Detrás de tales palabras está la lógica que propina dimensión al movimiento Cromañón: su irrupción en el espacio público. Es exactamente por esa razón que adquiere singular relevancia, además de la justicia del reclamo. Demonizados por los medios masivos de comunicación, estigmatizados por cierto progresismo que los señaló como “funcionales a la derecha” y condenados a una indiferencia descalificadora, ellos continuaron adelante marcando un camino transformador: el dolor convertido en lucha y ésta, en esperanza.
Como si esto ya no fuera demasiado, no han dejado de movilizarse mes a mes, produciendo 60 comunicados de una lucidez apabullante; constituyendo una murga, una muestra de fotos itinerante, un ciclo de charlas y conferencias, un santuario, cientos de encuentros y un movimiento contra la impunidad que los aglutinó con otras luchas.
Todo esto, y mucho más, en este tiempo en que Cromañón se convirtió en un adjetivo para calificar, mejor que ningún otro, las miles de situaciones latentes donde la vida corre riesgo frente a la más absoluta complicidad institucional. La República de Cromañón, ese país visible pero invisibilizado (y no sólo por el humo) sigue latente y silenciado hasta que una nueva masacre lo saque a la luz.

Argumentos
Son tantos los argumentos para calificar a Cromañón como una masacre evitable, que el Tribunal Ético no precisó más elementos que los estuvieron en juego durante el año que duró el juicio bajo las órdenes del Tribunal Oral Criminal Nº 24.
Éstos son algunos de ellos:
-El control de acceso al local estuvo a cargo de un grupo de personas contratadas a tal efecto por los integrantes del grupo Callejeros
-Personal de la Comisaría 7ma permitía el funcionamiento del local a cambio de sumas de dinero (según está denunciado por los propios trabajadores de Republica de Cromañon)
-Entre el show de “Ojos Locos” (banda telonera) y el de Callejeros, Omar Chabán tomó un micrófono y se dirigió al público, profiriendo insultos diversos. Dijo que había más de 6.000 personas (casi el triple de lo permitido), que el lugar no tenía ventilación y que si se producía un incendio –como ya había sucedido en otras oportunidades–, no iban a poder salir y se iban a morir todos, igual que como había sucedido en Paraguay meses antes.
-La media sombra que recubría el techo del local no estaba permitida.
-La cantidad de asistentes triplicaba el máximo permitido en la habilitación.
-El local no estaba preparado ni autorizado para la realización de recitales.
-El local no contaba con salidas de emergencia acordes con las exigencias normativas.
-La mayoría de las puertas estaban cerradas con trabas, incluso la denominada salida de emergencia, que tenía un cartel luminoso que decía “salida” (hacia donde, lógicamente, se dirigieron todos los que vieron ese cartel) y que recién pudo ser abierta casi una hora después de comenzado el incendio.
-Sólo funcionaba uno de los tres extractores de aire instalados en el local.
-Instantes después de iniciado el incendio se cortó la luz.
-Los materiales con que estaba revestido el techo del local provocaron una rapidísima propagación del fuego y generaron el humo letal.
-Los matafuegos no estaban en condiciones y el certificado de prevención contra incendios (Superintendencia de Bomberos de la Policía Federal) se encontraba vencida.
-De  las seis puertas vaivén de doble hoja que separan el hall de ingreso en el sector de boleterías, cuatro se hallaban cerradas con pasadores metálicos y fueron abiertas minutos después que se iniciara el incendio a golpes y empujones.
-En el techo funcionaba, inexplicablemente, una cancha de fútbol sin habilitar (que taponaba ventilaciones)                                

Semejante contundencia nos inhibe de nuevos adjetivos para calificar lo que ocurrió aquel 30 de diciembre de 2004. “Todos estos hechos, entre otros, marcan una y otra vez que Cromañón fue una catástrofe anunciada, en primer lugar anunciada a quienes tenían la expresa función de cuidar de las vidas de los ciudadanos”, sostiene el fallo del Tribunal Ético que aplicó un ingrediente que brilla por su ausencia en los Tribunales ordinarios: el sentido común.
A cinco años y un mes de Cromañón la impunidad sigue impune muy a pesar de la quijotesca pelea que, día a día y mes a mes, llevan adelante los familiares, amigos y sobrevivientes de la masacre.
Sigue impune no sólo porque no hay ni un solo detenido, ni porque el ex jefe de Gobierno Anibal Ibarra fue descartado de los imputados sin siquiera haber sido citado a declarar, ni porque aún no hayan comenzado los otros procesos contra, por ejemplo, los dueños del boliche.
No.
Hay algo peor. La impunidad puede medirse en las miles de situaciones Cromañón que están latentes a la vuelta de la esquina: las causas que posibilitaron la masacre están tan intactas como entonces.
Todo lo que el movimiento Cromañón produce incansablemente, como el Tribunal Ético, funciona como un antídoto contra esa vieja enfermedad de nombre impunidad. Funciona, al menos, para los que no queremos ni podemos aceptarla con naturalidad.

(29 de enero de 2010)