sábado, 5 de junio de 2010

La cumbia hace magia


FANTASMA
Es un grupo de cumbia y de vanguardia, producto de la unión de artistas multidisciplinarios que, en paralelo, crearon un proyecto cultural en la Villa 20.

Martín Roisi y Pablo Antico son dos locomotoras que, aunque no levanten mucho humo en su andar, avanzan como leones recién desenjaulados. Ambos integran “Fantasma”, un grupo tropical vanguardista que fusiona cumbia villera, música electrónica y hip hop; y son los germinadores de “Odisea 20”, una propuesta cultural dentro de la Villa 20 de Lugano, que rescata y valora el arte villero y lo convierte en magia.
No lo hacen con un golpe de abracadabra. En el medio, entre el conejo que sale de la galera y los momentos previos, tienen un intenso trabajo en y con el barrio, donde el eje principal es barrer con las estigmatizaciones que fluyen en buena parte de la sociedad, que sólo reconoce la violencia que sale de las villas pero no la que ella recibe, y, menos, que de ahí puedan salir palabras tan blancas como arte, cultura y otras por el estilo.
Pablo y Martín hicieron magia: privilegiaron ver, donde todos veían falta de…, una oportunidad para proponer y hacer cosas. Y se subieron al tren. Así, en plena crisis de 2001 comenzaron a germinar proyectos que hoy son tan reales que cuesta pensar cómo no existieron desde antes: galería de artes y talleres para chicos y adultos, cine, editorial, sello de música, club social y productora de cine y tv, entre otros increíbles proyectos que se retroalimentan entre sí.
De esta manera, constituyeron una plataforma artística cuyos productos son hechos, exclusivamente, por los habitantes de la villa. “Es un lugar repleto de arte y cultura virgen. La virginidad está en el espíritu de la gente que es artista, que no tiene ni idea del modo de expresar eso: son obreros, que tal vez dibujan increíblemente pero no se imaginan que hay un mundo con el que pueden conseguir cosas a raíz de eso”, dice Martín, brindándome pinceladas de lo que pasa en el barrio. “Sin llamarse ellos mismos ‘artistas’, tienen un alto grado de creatividad, una increíble estética y una profunda mirada. Justamente es esa riqueza creativa lo que queremos mostrar”.
Con ese propósito, por ejemplo, generaron otro truco mágico: la realización de 24 murales en diversos frentes de casas del barrio con el objetivo de rescatar y reflejar el imaginario colectivo de la villa. “La gente eligió ídolos políticos y deportivos, imágenes religiosas, de fantasía, de la música, de historia”, me cuenta Pablo. “Hicimos uno de la Torre Eiffel porque había una señora que estaba esperando la cigüeña”, narra en primera persona del plural, forma expresiva para resaltar la identidad global de la propuesta. “Nosotros solo presentamos el proyecto para conseguir la plata. Después fue todo respuesta del barrio: desde el catering hasta la producción de cada mural”, acota Martín.
Los 24 murales se reflejaron en “Arte Villero”, un documental que retrata la fe, los ídolos, los paisajes y las fantasías de un barrio que vive la vida de las puertas para afuera.
Como todo lo que me describen me entusiasma, les propongo un ejercicio: que me cuenten la génesis, como si fuera un extranjero que no entiende nada. Martín me lo explica con estas referencias:
2001
Crisis
Caigo de clase social
Digo: ahora tengo menos plata, tengo que consumir de acuerdo a lo que me entra.
Empiezo a venir a las bailantas de acá (acá es Constitución), que es el sol naciente de la cumbia villera en Buenos Aires.
La idea es aprender de cumbia con las fonolas, que son como diccionarios de cada estilo.
Martín se pasó tres años aprendiendo ese mundo nuevo que define así: “esto era Londres en el 67”. Un fenómeno reducido a un par de cuadras que a partir de las 0:30 se convertían en peatonales. “Acá la cosa pasaba en la calle, era algo espectacular pero también si te quedabas hasta las 6 de la mañana se transformaba en una batalla campal. Y eso también era parte de esa movida”, relata.

-¿Qué fue lo que los impactó de la cumbia villera?
-Pablo: Que tiene unos componentes increíbles y vanguardistas de todo el desarrollo de lo que es la música electrónica. A nosotros nos hizo flashear toda esa parte; después tenés la letras, que todos sabemos de qué tratan, y te pueden gustar o no. Pero la parte artística y visual nos impactó mucho.

Imbuidos por esa marca, crearon “Fantasma”, que, lejos de ser sólo un grupo de cumbia mágica, es la unión de artistas multidisciplinarios como músicos, cineastas, artistas plásticos y digitales, que aplican las nuevas tecnologías a la cumbia y permiten que la cultura de las villas, “ese gran patio trasero de la gran ciudad”, como la definen, se vuelva global.
De “Fantasma” a “Odisea 20” hubo un solo paso: ir a la villa 20. Y tratar a sus habitantes como pares, como sujetos capaces de crear y plenos de saberes y decires.
-¿Qué define al arte villero y cómo se expresa en la villa 20?
-Martín: No tiene ningún fin, es más puro, inocente, no tiene ninguna pretensión. En la villa todo se vive en la calle. Todo se sabe de todos: lo peor y lo mejor. Es como Maradona, que es el villero por excelencia: vos sabes lo peor de él, lo viste, y lo mejor también. En la villa pasa lo mismo con todas las personas: el que faja a la mujer, el que es borracho o el que tiene un plato de comida y te da la mitad. Todo se sabe. Y la mayoría son así: te dan lo que no tienen. Eso es espectacular. Yo vivo en la ciudad, en un departamento y no sé cómo se llama el vecino de al lado, no sé qué le gusta, qué música escucha. En la villa la música está muy presente en los pasillos, se escucha fuerte y hay muchos estilos diferentes y se va generando una cultura de mezclas genuinas, que se dan solas, no está predeterminado qué es lo que va a suceder pero sucede.

Mueve tu cucu
Martín y Pablo desparraman sus definiciones de precisos observadores mientras dan cuenta de uno de los nuevos proyectos: un canal de la villa. “En la primera etapa se va a enseñar a producir, dirigir, a filmar, a iluminar, a guionar y después los vecinos va a hacer pilotos de un programa semanal de televisión. Hasta esa instancia tenemos garantizado el financiamiento, después no sabemos qué va a pasar pero algo va a pasar”, sostiene Martín en una definición que explica buena parte de la Odisea: avanzar con las ideas aún sin tener resuelto los recursos económicos. “Aún no tenemos antena, no tenemos nada pero seguro algo va a pasar”, agrega, como desentendiéndose de la cuestión: la locomotora sigue su marcha. “La idea no es que el canal trate sobre la villa exclusivamente, es su mirada al mundo, no es para adentro sino para afuera, aunque también con cosas del barrio: programas de servicios, por ejemplo”.
El tren de iniciativas que serpentea la villa tiene múltiples vagones en funcionamiento aunque no todos lo hagan en simultaneo: actualmente, los sábados funciona el taller de producción televisiva y acaba de inaugurarse, en una bailanta del barrio, una exposición visual con las mejores tapas de la historia del diario Crónica, elegidas por los vecinos, que resignifica, tremendamente, la noción del periodismo como arte.
“En todas las casas de la villa hay algún póster de Crónica pegado”, me informa Martín. “Si eso no es arte, no sé cómo se llama”, me advierte y añade que también eso es cumbia.
La cumbia mágica revela, así, su secreto de mago.
Donde todos dijeron “nada por aquí”, ellos encontraron “mucho por acá”: una ciudad sin Fantasmas no es una una Odisea.

(Publicada en la revista "MU", junio 2010)

La cámara que atraviesa rejas

“El Almafuerte” es un film realizado en ese instituto de menores de máxima seguridad, ubicado en Melchor Romero (La Plata). Es producto del taller de cine que impulsaron los tres directores y muestra la producción llevada a cabo por los chicos allí alojados. El arte y la creación en un ámbito de encierro y barrotes.

Por Luis Zarranz
Un documental que muestra un instituto de menores de máxima seguridad y en vez de dejarte en situación de encierro, te libera. 
Eso es lo que transmite “El Almafuerte”, un film de reciente estreno realizado por tres jóvenes directores, quienes documentan el taller de cine y video que funcionó como excusa para que  los pibes alojados allí tengan su primer acercamiento al registro audiovisual y realicen, a su vez, un documental sobre la revista que impulsan.
Un documental sobre un documental. Sí, mucho más: las voces de los chicos, sus historias, la cámara como juguete rabioso, las risas, las rejas que se van derrumbando, tristezas, el encierro de adolescentes, sus capacidades, la libertad…
Andrés “Gato” Martínez Cantó y Roberto Persano son dos de los directores (el otro es Santiago Nacif Cabrera). Ellos ofrecen detalles no sólo sobre el documental sino sobre cómo los implicó realizarlo.

-¿Cómo surgió la motivación para hacer el documental?
-Roberto Persano: Nos surgió la inquietud de trabajar con menores judicializados, sobre la base de unas investigaciones que veníamos realizando. Como nuestro conocimiento pasaba por lo audiovisual decidimos preparar un taller de cine y video documental que tuviera como trabajo final un cortometraje realizado por los propios integrantes del taller. La idea era darle herramientas y espacios para “liberar” la voz de los que estaban detenidos.

-¿Qué pensaban antes de “El Almafuerte” y qué piensan ahora, tras su experiencia allí?
-Andrés Martínez: Cuando entramos había gente que nos pegaba por derecha (“¿cómo van a ir ahí con todos los pibes chorros?”) y por izquierda (“están siendo funcionales al aparato ideológico del Estado legitimando la prisión para los pibes"). Creemos que la alternativa es el cambio social, pero para eso hay que trabajar el mientras tanto. Buscar alternativas y trabajar en lo que se llama "reducción de daño".
-RP: Al comenzar el taller fuimos con más dudas que certezas y algunos prejuicios que no nos podíamos quitar. Pero eso se resolvió rápido: los pibes siempre se mostraron predispuestos a trabajar junto a nosotros a la vez que nos exigían un compromiso con la continuidad del taller.

-¿La relación con los chicos modificó la idea primaria sobre el contenido?
-AM: La realidad es un horizonte turbulento e impredecible: arrancamos con una idea que luego se fue modificando. Las subtramas, vinculadas a lo cotidiano del encierro, empezaron a competir con la trama, las prácticas didácticas en contexto de encierro. La película fue mutando en estos casi 4 años de trabajo intenso. 

-Tras abordar la temática del encierro, ¿cuál creen que puede ser una solución a esta problemática?
-RP: Si nos remitimos a los resultados, estas prácticas punitivas no sirven para nada. Nadie está preparado para pasarse encerrado en una celda de 3x3 veinte horas al día. Y menos si se tiene 17 o 18 años. La realidad demuestra que cuando los pibes salen muy pocos consiguen una libertad duradera. O están marcados por la policía lo que los convierte en victimas seguras del gatillo fácil, o vuelven al barrio con todo lo que ello implica (drogas, transas, pandillas). Creo, por lo que vivenciamos con este trabajo, que hay que hacer un trabajo en el barrio, modificar el ámbito donde vive el pibe…. No hay que cambiar al pibe de barrio, sino hay que cambiar el barrio del pibe.
-AM: Además, no creemos que nazcan para chorros. La panacea de bajar la edad de imputabilidad implica criminalizar más la pobreza y continuar con la exclusión.

-¿Qué huellas les dejó hacer la película: que cosas les impactaron y siguen ahí, girando en cada uno de ustedes?
-AM: Que los pobres y jóvenes siguen siendo blanco preferido del gatillo fácil y de la discriminación.
-RP: No sé si con la película logramos cambiar algo en la historia de los pibes que están alojados en el Almafuerte, eso lo dirán ellos. De lo que estoy seguro es que sí nos cambio a nosotros.  La relación con ellos, los amigos que ganamos durante esos años de laburo, los chicos que murieron: todo eso dejó marcas en nosotros.


(Publicada en la revista "Sueños Compartidos", junio 2010)

miércoles, 5 de mayo de 2010

En el nombre del Padre

ENRIQUE STOLA, PSIQUIATRA

Asistió a dos de las víctimas del cura Grassi, y ahora explica qué hay en la cabeza de los abusadores sexuales. La Iglesia, el poder, y sus asociación ilícitas.

La Iglesia Católica tiene en su currículum oculto abusar de niños, niñas y adolescentes que están bajo su cuidado”. La persona que me dice esta frase no es un cronista eclesiástico que relata los últimos episodios que involucran a sacerdotes y prelados de todo el mundo en casos de abuso sexual.
No.
No es ningún cronista con información privilegiada pero sin embargo, o quizá por eso, es capaz de ofrecer cientos de pistas para entender a una institución repleta de miserias (no económicas) y especializada en su pretensión de disciplinar cuerpos ajenos tanto como en silenciar eso que los medios llaman “escándalos” y no son otra cosa que delitos aberrantes cometidos por curas y obispos contra menores.
Su nombre es Enrique Stola. Es médico, especialista en Psiquiatría y Psicología Médica y Clínica. Es reconocido mundialmente como terapeuta en la atención de cuestiones de maltrato infantil y violencia intrafamiliar, institucional, sexual y de género. Fue el psiquiatra de dos de los jóvenes por el que encontraron culpable al sacerdote Julio César Grassi por abuso sexual agravado y corrupción de menores.
Es él quien relata los antecedentes de la Iglesia y no precisamente por leerlos en los diarios sino por tratarse de casos con los que debió (y debe) luchar en carne propia. Me brinda más detalles de ese curriculum católico: “Ese abuso lo hacen en nombre de Dios, lo que tiene mucho mayor peso sobre el psiquismo de la víctima”. Sigue: “No me sorprende el destape de curas abusadores que ahora los medios traen como ‘novedad’. No me sorprende el destape en los países anglosajones”.

-¿Por qué? ¿Hay una explicación de porqué los casos salieron a la luz en estos países?
-Sí, porque en los países anglosajones la Iglesia tiene menos poder, entonces puede controlar menos. Pero si vemos a la Iglesia como una institución universal, la cantidad de curas abusadores que hay en los países latinos debe tener la misma proporción que en los países anglosajones, sólo que no se sabe por el poder político que tiene la Iglesia en estos lados.

Enrique habla sereno pero no pierde contundencia, al contrario: la multiplica. La voz le sale mansa aunque el contenido galope. Su tesis no atribuye al celibato las causas de los abusos eclesiásticos. Ni siquiera piensa que sea la institución la que los convierte en pedófilos, aunque exprese que éstos no son una excepción dentro de la Iglesia sino todo lo contrario. “Creo que estas personas que ejercen el poder mediante la sexualidad buscan una institución que les dé impunidad  y cobertura, o sea entran a la Iglesia sabiendo que allí van a tener chicos a quienes someter”. Agrega: “Desde siempre, ha sido una institución que puso mucho énfasis en disciplinar los cuerpos y en lo posible hacerlo desde pequeños. Entonces hubo una gran cantidad de niñas y niños a disposición de estos de curas abusadores”.

-¿Que daño psíquico produce en una víctima el abuso en manos de un sacerdote, al que en edades de formación suele verse como una “guía espiritual”?
-El daño es mayor que en otros casos de abuso porque si uno respeta las creencias de las personas tiene que ser muy cuidadoso de las actitudes que toma cuando un niño o una niña están a su cuidado. Y lo que ocurre con gran cantidad de abusados por curas, es que pierden su fe en dios. Es una cosa muy grave porque cambia toda la perspectiva de la existencia de la persona. No digo que sea mejor o peor creer en dios, solamente estoy señalando que el impacto existencial que tiene sobre la persona es muy grande cuando son abusadas en su nombre “porque a dios le gusta”, “porque este amor que tenemos está bendecido”, según suelen decir los religiosos abusadores. Cambia la existencia de estos chicos o chicas y es por la experiencia terrible que le han hecho vivir. Yo creo que dentro de esta institución terrible hay enmascarada una asociación ilícita de abusadores sexuales que se mueven con total impunidad con el amparo del poder político de la Iglesia. Y en esto es responsable no solo el actual Papa sino todos los anteriores.

-¿Sería posible terminar con esa “asociación ilícita” si hubiera voluntad política o la cuestión va mucho más allá?
-El asunto es que no es posible que en una institución así aparezca un Papa con otra política. Podrá aparecer con un discurso aggiornado, que no es el caso, pero una institución que ejerce poder, poder sobre los cuerpos; político, económico, creo que es irrecuperable.

-¿Por qué no ocurre lo mismo en otras religiones? ¿O se conocen menos?
-Ocurre, pero ninguna tiene el poder de la Iglesia Católica en el mundo. Cuando ha pasado en iglesias protestantes, la actitud ha sido totalmente diferente: no lo ocultaron. En cambio, en la estructura política del catolicismo ocultar es una práctica sistemática que, incluso, fue escrita. El Santo Oficio dictaminó que debía ocultarse, que debía mantenerse en silencio, fue una orden. Si quisieran cambiar de política habría que ver si podrían cambiar las costumbres porque esto es parte de la cultura de la institución. Es como cuando un país saca una ley que es muy avanzada: no cambia la práctica cultural de ese país por más vanguardia que sea.

Justicia divina
En este contexto que Stola desmenuza sobre el poder político de la Iglesia, imagino que no debe haberlo sorprendido el fallo que declaró culpable al sacerdote Julio César Grassi y lo condenó a 15 años de prisión con la salvedad que lo dejó en libertad hasta que el fallo esté firme (actualmente, en apelación ante la Cámara de Casación). Como si fuera poca cosa, los mismos jueces que lo encontraron culpable de esos delitos dispusieron que podía volver a la escena del crimen, la Fundación Felices los Niños, acompañado por un tutor a su propia elección.
Stola no se sorprende por una sentencia que rinde culto al poder divino. “Solamente la lógica de la complicidad puede explicar el dictamen del Tribunal”, dirá este médico psiquiatra que una semana después del informe televisivo que expuso la conducta del cura (octubre de 2003) se hizo cargo de la contención, el acompañamiento y la atención profesional de “Gabriel”, seudónimo de uno de los jóvenes que se animó a denunciar a Grassi y a narrar su caso.
Desde aquel momento, Stola sufrió amenazas, golpes, robos misteriosos, difamaciones varias y hasta intrusos en su casa. Sin embargo, decidió seguir adelante. “Tras la primera entrevista de dos horas con ‘Gabriel’ decidí que lo iba a acompañar. Mi objetivo no era que declarase sino acompañarlo y fortalecerlo para que tomara la decisión que creyera conveniente, con el máximo de libertad. Y que  la pudiera sostener”.
Posteriormente, los jueces le derivaron la atención de “Ezequiel”, otros de los jóvenes que denunció al sacerdote. Con él tuve pocas entrevistas y se encargó la licenciada Maria Inés Olivella de su atención, y yo, de la supervisión”, me explica. Añade: “Yo tuve asistiendo y conteniendo a ‘Gabriel’ hasta noviembre del 2005 cuando le hicieron firmar, en sede judicial, un documento según el cual desistía de seguir con la acusación como ‘particular damnificado’. Se lo hicieron firmar sin la presencia de un abogado y sin evaluar que estaba terriblemente desgastado por todo lo que le venía ocurriendo. Es más, cuando se hace esta audiencia la policía no deja entrar a Juan Pablo Gallego, el abogado de los chicos. Tuvo que ir gente del área de Derechos Humanos de la Municipalidad de Morón para que hubiera testigos calificados de cómo se estaba violando la ley”. No fue la primera ni la única vez.
Sigue Stola: “Tras finalizar mi acompañamiento profesional a los dos jóvenes,  me convertí en testigo de la causa. Cuando tuve que declarar les dije a jueces que en mi experiencia con este caso había aprendido que todo funcionario judicial es sospechoso hasta que demuestre lo contrario. Sin embargo, les dije, ‘les voy a dar un crédito: que ustedes no saben nada de lo que están juzgando, no saben nada de abuso sexual’. No me resultaba fácil decirlo con el cura y sus abogados a un metro y medio pero les aclaré que si partía de otra conclusión, entonces tenía que pensar que sentar a las victimas a un metro y medio era para paralizarlos”.

-Tras la sentencia, se terminó el crédito…
-Era complicidad. Sentaron así a las víctimas para paralizarlos, hicieron un juicio no público, trataron de evitar que entraran los representantes de derechos humanos. Pensaron que “Gabriel”, por ser la víctima más joven, no iba a poder hablar, pero lo miró a los ojos, los cerró y comenzó a hablar llenándose de angustia hasta terminar insultándolo al cura. Sin embargo, la condena estaba armada de tal forma como para dejasen a Grassi en libertad. Estos funcionarios son cómplices. No me sorprende.

-¿Cuál fue la actitud de las autoridades eclesiásticas en este que fue el caso más resonante de abuso sexual de uno de los miembros de su institución?
-Puedo decirte que arriba de él, Grassi tiene una Conferencia Episcopal, con monseñor Bergoglio a la cabeza, que como mínimo tiene una frialdad afectiva y emocional que congela el alma. Recuerdo haber pedido una audiencia a Bergoglio, por la angustia que estaba pasando uno de los chicos, para que lo contuviera afectivamente y jamás me respondió. No le interesa. Mientras, siguen cumpliendo con la política de sometimiento que instiga el Papa y el Vaticano: a estos tipos le interesa nada la gente. Me parecen personajes terribles. Salvo escasísimas excepciones, salen a descalificar a las víctimas y cuando son de familias muy católicas, presionan a la familia para que no hablen porque ellos tienen que preservar la imagen de la iglesia. Así, refuerzan el abuso y encima con respaldo mediático.

-En los medios, precisamente, se hace referencia a casos de abuso sexual, pero se habla poco de las víctimas. ¿Qué implica ser abusado sexualmente?
-El abuso sexual casi siempre es una acción que ejerce una persona sobre alguien indefenso y lo hace durante muchísimo tiempo, extorsionando, coaccionando, ejerciendo el poder. Por eso me opongo a la castración química, porque el goce está en el ejercicio de poder. El violador goza más cuando la víctima se resiste. Cada vez que un abusador es condenado, para quien está siendo o fue abusado, es un signo de esperanza, una reparación, pero lo cierto es que quienes se atreven a denunciarlos no la pasan bien en el poder judicial. Pero en la medida que niños y niñas abusadas tienen contención afectiva y se les cree, se avanza rápidamente en su reestablecimiento, y el hecho puede llegar a quedar como un muy mal recuerdo. No fue ni es ésa la actitud de las autoridades de la Iglesia. Ellos prefieren hacer silencio y proteger a los abusadores. 

(Publicada en la revista "MU", mayo de 2010)

Pantalla grande para los más chiquitos

Cine para chicos de 6 a 12 años

La Linterna Mágica es una asociación sin fines de lucro que invita a los pequeños a descubrir el placer incomparable que provoca el cine, los forma como espectadores dentro de un marco didáctico y entretenido y favorece la sociabilización entre pares. En Argentina ya cuenta con más de 400 socios.

Por Luis Zarranz
Entrar a una sala de cine y ver que las butacas están pobladas exclusivamente por chicos y chicas de 6 a 12 años, sin pochoclos ni gaseosas, que gozan con una película en blanco y negro, y con una orquesta en vivo, resulta una experiencia fascinante e inverosímil. Sin embargo, es tan real como el placer y el entusiasmo que brota del rostro de estos nenes, mientras hacen ese silencio tan propio de la edad, mezclado con cuchicheos constantes.
Están viendo “El Maquinista de la General”, de Buster Keaton, película de 1926 que hace referencia, en clave humorística, a un episodio de la Guerra de Secesión norteamericana.
Guauuuuu.
Varios están haciendo su debut cinematográfico mirando un clásico mundial del cine mudo. Y están aprendiendo, además, la diferencia entre persona y personaje.
Esta alquimia se produce gracias a “La Linterna Mágica”, un club de cine internacional para chicos de esa edad, que los invita a descubrir el placer de la pantalla grande y los introduce en el lenguaje cinematográfico de forma didáctica y divertida.
Los pequeños socios de este club maravilloso disfrutan 9 funciones anuales. La semana previa a cada proyección reciben en sus hogares una revista atractiva y pedagógica con información sobre el film que verán. Además, antes de la peli, presencian una obra de teatro en la que se trabajan conceptos cinematográficos relacionados al film de ese día y al cine en general. Así, el combo es perfecto: cine, teatro, una revista y, si la película es muda, una banda en vivo incorpora el concepto sonoro.
La licenciada en psicología Cecilia Perczyk, coordinadora del proyecto, brinda algunas pistas del objetivo: “Tratamos a los chicos como sujetos, no como objetos”. De esta manera les alimentan la mente y la emoción. “La idea es darles mucha variedad, que vean películas distintas. No es lo mismo que las pongan en su casa con el dvd, que lo prenden, lo apagan, los llaman a comer; que verlo con un grupo de chicos en una sala de cine, con un montón de herramientas. Además, es formarlos como espectadores. Si prenden la tele y ven una peli en blanco y negro, que no la apaguen”, añade.
La Linterna Mágica apunta, así, a la formación de los chicos como espectadores, a acercarlos al arte pero no desde el enorme aparato comercial que tiñe a casi todas las propuestas artísticas masivas para chicos.
La idea de este club de cine internacional surgió en Suiza a principios de los 90 y ya se expandió a casi toda Europa y algunos países africanos. Desde 2008, la Argentina es el único país de América en contar con esta propuesta.
Las películas que se proyectan abarcan distintas épocas y las estéticas más diversas. Están agrupadas en ciclos de emociones: reír, soñar, emocionar y un poco de miedo. En cada uno de esos módulos se exhiben tres films. Y los chicos disfrutan, aprenden, la pasan bien y se relacionan, de igual a igual, con nenes de su edad.
Las únicas tres reglas que todo el mundo tiene que respetar durante la proyección son no comer, no beber, ni molestar al compañero. Los locos bajitos espectadores se concentran en la función, con una cualidad que más de un adulto tiene en vías de extinción: la capacidad de fascinación y de dejarse sorprender.
Los grandes se pierden el show. Éstas son sólo cosas de chicos.

+Info
-Contacto: 3526-0382 / socios@asalallena.org.ar / www.linterna-magica.org

(Publicada en la revista "Sueños Compartidos", mayo 2010)

Al cabo del mar

Yusa en Argentina

Es una joven multiinstrumentista, compositora e intérprete cubana que acaba de brindar, en nuestro país, una serie de recitales junto a músicos de la talla de Liliana Herrero y Raly Barrionuevo. Crecida en La Habana, frente al mar, desembarca en estas playas para salpicarnos con gotas de su música.

Por Luis Zarranz
Yusa se acerca liviana y relajada. Se desploma sobre la silla mientras bebe pequeños sorbos de agua mineral. Son las diez de la noche de un lunes pasado de moda. Acaba de lucirse como invitada de la Bomba de Tiempo y ahora se acomoda para escuchar las preguntas, con el ímpetu del escenario aún sobre sus zapatos.
Calificada como una de las representantes de la nueva ola de músicos cubanos que condensan la tradición de su país con los sonidos del resto del mundo, en su caso particular hay una mixtura de varios géneros: rock, jazz, pop, ritmo brasileño y, por supuesto, profunda raíz cubana como la rumba, la trova y el son.
De vuelta a la Argentina, a la que llegó por primera vez como bajista de Santiago Feliu, y luego se hizo habitué de estas pampas, acaba de ofrecer una serie de conciertos en el Café Vinilo, durante los viernes de abril. El Ciclo, “Descarga con amigos”, la enlazó en el escenario con Liliana Herrero, Tonolec, Raly Barrionuevo y Hugo Fattoruso en cuatro shows de enorme calidad sonora, amplia variedad de repertorios y una calidez tal que no alcanzaron a saciar el deseo de verla en Buenos Aires. En ellos, Yusa se destacó no sólo por su tierna voz sino por su virtuosismo en todos los instrumentos que toca: guitarra, tres cubano, bajo y piano, acompañada por Mario Gusso en la percusión.
Ahora, con idéntica pasión, conversa con Sueños Compartidos.

-¿Cómo estás transitando este regreso a la Argentina?
-Es más difícil porque el público se convierte en uno habitual, entonces para mí es un reto porque soy muy exigente conmigo: no me gusta estar haciendo siempre el mismo repertorio porque para mí la música es un modo de vida y, al mismo tiempo, vivo de la música. Sin embargo, la base fundamental, en mi caso, es la vocación.

-Que el público sea habitual, ¿implica que vos sientas estos escenarios como habituales también?
-Sí, y es la primera vez que reitero el lugar y es como si estuviera viviendo acá, en mi casa. Eso es lo mejor y lo más peligroso, porque es un público que ya me conoce, que va a ver a la Yusa que conocieron en un momento y también va otro público que espera otras cosas. Pero es reconfortante saber que hay cada vez más personas que están siguiendo una propuesta de otro país, habiendo tan buena música y una cultura tan fuerte aquí. Ahí tú notas la conexión entre Cuba y Argentina. Tú no sabes lo que siento cuando escucho la chacarera: se me salen las lágrimas porque es tan de la tierra, tan arraigada que me conmueve. Entonces llego aquí y es como caer en los brazos de esa tierra con tranquilidad. No sabía que tenía esa capacidad, porque soy bastante de Cuba, del mar, crecí en la zona este de La Habana. Viví siempre frente al mar, mi padre es marino mercante. Entonces es difícil que me sienta como en mi hogar fuera de él, pero aquí lo siento

Yusa está hablando de la música, de Cuba y del mar, tres elementos básicos de su vida. Dice que le es imposible identificar cuándo surgió ese vínculo tan intenso con los acordes: “Chico, si tu supieras que no tengo conciencia de cuándo fue, porque siempre me interesó. No tengo un momento”, argumenta para dar cuenta de un amor prematuro, tanto que en vez de juguetes pedía instrumentos: “Una vez pedí una guitarra y me regalaron una chiquita, y yo decía ‘no, quiero una de verdad’”, expresa entre risotadas. El efecto envolvente del mar le produjo idéntica fascinación: “Es mi medio natural”. De Cuba, de esa Revolución que admite mayúsculas, afirma: “Yo soy parte de ella. Todo lo que soy hoy tiene que ver con ese proceso, evidentemente, porque si no, no pensaría como pienso, toda la evolución que hice en mi carrera… también tuve un tipo de vida que fue afortunada porque tuve oportunidad de ligarme a otras culturas y países desde muy joven y eso también te hace valorar de dónde vienes y cuán grande es lo que tienes. Eso es lo más difícil cuando estás en Cuba”.
“Mi país es donde quisiera morir. Igual, puedo vivir en cualquier lugar del mundo: estoy apta, y eso me lo hizo esa Revolución. Estoy súper orgullosa de ser mujer y cubana”, afirma en ese decir tan característico de esa isla que desde hace cinco décadas es un faro para los pueblos latinoamericanos deseosos de soltar amarras.
Yusa vive en La Habana pero además es ciudadana del mundo, al que recorre impulsada por los acordes de su guitarra: Inglaterra, Francia, Alemania, Italia, Holanda, Brasil y Japón, entre otros, fueron algunos de sus destinos. Ya con su tercer disco solista bajo el brazo, “Haiku” (2008), festeja la libertad con la que transita el universo discográfico: “Por suerte no he tenido que hacer las canciones que nadie espera que haga, nunca he tenido la premura de estar haciendo quince temas para un disco, por ejemplo. Incluso, el último dura 37 minutos: ni siquiera tiene el tiempo estándar”.

-¿Cómo comenzaste a componer?
-Es muy curioso porque la música y la literatura me fascinan. Me encanta aprender. No soporto no saber. Tengo esa curiosidad. Cuando vi por primera vez a Domingo Candelaria, actor y músico, me descubrí a mí también: Me dije: “Esto es lo que yo soy”. Y yo aún no había escrito una canción. Ese día empecé. Él llegó a mi vida para eso, es algo que voy a agradecerle siempre porque ahora mismo no puedo parar de hacerlo. Incluso no soy tan prolífica, me tomo mi tiempo y quiero dejar fluir el pensamiento sin tanta forma y ni tanto vericueto.

Las referencias musicales en su repertorio son inabarcables. En Haiku, cada una de las diez canciones es una pequeña pieza de orfebrería donde se multiplica como autora, cantante e, incluso, toca casi todos los instrumentos, en un combo que es una caricia para los oídos y un despliegue impresionante de influencias musicales. Yusa no sólo las acepta: las necesita para poder seguir adelante.

-¿Qué influencias musicales reconocés?
-Ta difícil, porque tengo tantas… he viajado mucho también y he tocado muchos tipos de música. Tengo las influencias conscientes y las que busco porque se adhieren a lo que soy, pero las otras son las que ni siquiera me doy cuenta, las que uno va procesando en ese camino.

-¿Qué es la música para vos?
-Como una obra de arte. Es un desafío tremendo. Es algo para mejorarme.

Yusa se levanta de la silla con el mismo ímpetu con que se sentó. La botella de agua es prehistoria. Alza la guitarra y se prepara para ir a otra entrevista. Se va, literalmente, con la música a otra parte, pero como el mar, pronto estará de regreso. 

+Info
-www.yusamusic.com

(Publicada en la revista "Sueños Compartidos", mayo 2010)

lunes, 5 de abril de 2010

Siga el baile, siga el baile


Babel Orkesta

Este particular grupo integrado por cinco músicos y tres actores ofrece un show musical con características circenses y teatrales, donde una parte esencial del espectáculo es la fiesta que se produce entre la gente, que pasa de espectadora a protagonista. Ritmos y géneros de diferentes latitudes hacen de la Babel Orkesta una banda en la que la música permite el encuentro, el baile y la celebración.

En unos pocos minutos, la chica que conversa con su pareja al lado mío, a la que juro que no conozco ni de vista, estará tomada a mi cintura en un frenético trencito humano que atraviesa el patio de la Ciudad Cultural Konex al compás de la música que despliega la Babel Orkesta y que hace imposible que no participes de esta fiesta.
Como un cumpleaños de quince o un casamiento pero con gente a la que no frecuentás, y a la que no te liga ni siquiera el conocer a la quinceañera o a los novios, la propuesta de esta banda es que el show también lo hagas vos. Tanto, que sin darte cuenta los pies y la cadera se te mueven instintivamente y terminás, como ahora, tomado de la mano haciendo un círculo alrededor de la Orkesta y con el cuerpo desenfrenado. A tal punto, que la pareja de la chica que ya perdí entre la multitud, cambia su cara yogurt descremado y se ríe como si hubiera escuchado el mejor chiste en boca de un fino narrador.

Según la Biblia, cuyo legado afecta a muchos más de los que la leyeron y a bastante más de los que la creyeron, la torre de babel fue una pretendida construcción del hombre para alcanzar el cielo y llegar a Dios. Como éste se pone jodido con esos inventos humanos, hizo que los constructores comenzasen a hablar diferentes lenguas para que reine la confusión y no tuvieran éxito en la idea. Así, el mito se basa en la incomunicación humana, en la imposibilidad de la traducción y del entendimiento entre diferentes culturas.
Como un conjuro contra esta enseñanza bíblica del desencuentro, la Babel Orkesta decidió tomar prestado el nombre, cosa que ningún mandamiento prohíbe, y revertir la historia: frente a la condena al desentendimiento, la música que tocan es compartida en todo el mundo y la alegría que contagia va saltando de unos a otros, en una alquimia circense e itinerante. “No se podían comunicar con la palabra, pero sí con la música. Nos hicimos cargo de la orquesta de la torre de babel y no subimos arriba del mito, sin querer ser pretenciosos, pero desde un lugar humilde e irreverente”, me dirá Zeta Yeyati, unos de los músicos de la banda, cuando termine el show y aún esté maquillado. (Sí, es tan potente la puesta en escena que hasta los músicos se maquillan).
El espectáculo basiliense tiene amplia mixtura musical y teatral. Eso que aquí mencionan como “música del mundo” (klezmer, paso doble, vals, gypsy, tarantela, tango, swing) se conjuga con el baile colectivo de jóvenes, adultos, adolescentes, mayores, y hasta uno con el pie enyesado, que, obligados por esa mezcla de ritmos universales, salen también a escena y comparten un mismo espacio con los cinco músicos y tres actores que integran la Orkesta.
Los que ahora nos movemos improvisando y haciendo el ridículo en un contexto donde lo que no vale es no serlo, seríamos “espectadores” en cualquier show convencional: aquí somos una parte más del engranaje que este espectáculo ya echó a andar.
Lo que está pasando: un acordeón se mezcla con un sonido experimental de percusión. Es un sonido raro. Antiguo y moderno. Local y universal. Como si fuera Kusturica pero más cachengue. Mientra la música suena, los tres actores recrean escenas de otros tiempos que, a la vez, resultan actuales. Y sacan a la gente a bailar, a los que se suman los espontáneos, los valientes, los fiesteros o los ridículos, según la óptica con que se los mire. Al rato, tenés dos opciones: o seguís buscando calificativos y mirás la cosa desde afuera; o te sumas a esta especie de fiesta popular donde todo converge en una miscelánea armónica.
Así, Babel funciona como un antídoto contra esa concepción tan rock star según la cual el artista está a años luz de distancia de su público. Aquí, la propuesta es radicalmente opuesta: la Orkesta necesita tanto de la gente que está bailando como lo que bailan necesitan que la melodía siga permitiendo esta comunión musical que cobija a jóvenes, viejos, hijos, turistas, porteños y curiosos a hacer trencitos, círculos que se abren y se cierran, dúos de bailes, entre otros números artísticos que no tienen más lógica que seguir el ritmo de la música y pasar una buena noche a cielo abierto.
Después de una hora y media intensa, la banda se retira tal como había llegado, a puro ritmo, hasta perderse en las infinitas escaleras naranjas que son parte de la estructura del Konex. De los que participamos del show, pocos se van como vinieron: los veo alejarse con idéntico sentido de pertenencia que el de una caravana de hinchas de fútbol, aunque sin eso que algunos barrabravas de la palabra aún llaman “folclore”.
Con la intensidad todavía visible en sus cuerpos –y mientras van y vienen dentro del camarín en los preparativos para ir a tocar a una fiesta de casamiento– los Babel Orkesta Pablo Maitia (guitarra y banjo) y Zeta Yeyati (saxo soprano y flautas), paran la música y tocan otras cuestiones.

-¿Cómo dirían que funciona la lógica que propone “Babel Orkesta”?
-Zeta: Vemos que a la gente le hace bien, que somos un vehículo necesario, porque necesitan darse la mano y a veces no se logra por estar en pose. Entonces es como que quedás descolocado cuando ves bailando a todo el mundo, incluso a los pibitos. Apuntamos a crear una atmósfera distinta, a crear algo.

-¿Cuál es el génesis de la banda?
-Zeta: La orquesta surge de una necesidad de tener una banda ambulante. Su gestación fue similar a la de esos grupos de gitanos que van sumando músicos y sueños a su paso, así que se dio todo como muy naturalmente. Yo hacía ya más de 25 años que tocaba en La Mississippi  y quería armar siempre una cosa más de Nueva Orleáns, que toque un estilo de banda portátil, con instrumentos acústicos.

¿En qué instancia de crecimiento creen que está la Orkesta?
-Zeta: Estamos creciendo mucho. El objetivo es tratar de tener una identidad, que la gente que lo escuche diga “esto es Babel”, incorporar la palabra también. Hay mucho para hacer pero vamos de a poco. Es una banda que aún no tiene tres años.
-Pablo: Somos ambiciosos con la música pero humildes con cómo la tocamos. No hay improvisación porque no nos interesa mostrar el virtuosismo ni momentos de individualismo: la idea es compartir la música, en eso hay una austeridad musical: tocamos para que estemos todos acá. Ese es el ideario.


La Babel Orkesta levanta campamento y parte con su compañía itinerante hacia su próximo destino festivo. Se van, literalmente, con la música a otra parte, a todas partes.

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(Publicada en la revista "MU", abril de 2010)

Intrépida timidez

Entrevista a Marcelo Rodriguez, “Gillespi”

Personaje multifacético, no le teme a atravesar las fronteras que separan una tarea de otra. Aunque se reconoce tímido y melancólico es osado y capaz de exponerse en diversos ámbitos, sin temor al ridículo. Como si fuera un nene curioso, tiene un don para disfrutar cada cosa que le toca hacer. Con ustedes, un hombre versátil que busca escapar de cualquier etiqueta.

Por Luis Zarranz
Fotos: Gentileza PHSz
El edificio donde funciona la Rock and Pop tiene de todo, menos rebeldía. Más que el lugar desde donde emite la radio que pretende recoger el espíritu indócil del rock, si es que eso sigue siendo parte del género, parece uno de esos docks de Puerto Madero: mucho ladrillo a la vista, todo muy cool, muy “casual day”. Cada cosa -los muebles, las sillas, el dispenser de agua- está milimétricamente colocada pero con la deliberada intención de que parezca accidental. Casi una puesta en escena de uno de esos festivales rockeros que promueven las multinacionales.
De la escalera tipo caracol que conecta al estudio de radio del primer piso baja, tras finalizar su programa, Marcelo Rodríguez. ¿Quién? “Gillespi”, tal como se lo conoce luego de haber adoptado ese apodo en homenaje al famoso trompetista estadounidense Dizzy Gillespie. 
Hombre de múltiples facetas, músico, trompetista, humorista, productor musical de cine y tv, conductor de radio y televisión, autor del libro Blow (dedicado a la trompeta), blogger y varios, muchos, etcéteras.
Antes que todas estas cualidades, el tipo tiene un chip, al que respeta más que cualquier cosa, para conectarse con el placer. (Qué envidia). Una especie de olfato supremo con el que va ligando su mundo, con el exterior. Así, parece tener una pócima mágica para disfrutar, con la despreocupación de un nene de jardín de infantes, los compromisos más densos.
Baja la escalera como un caballo recién salido del corral, saluda y enseguida altera los planes: “¿Estás con auto? Subite al mío que vamos a comer algo y hacemos la nota ahí”, dice ante la mueca que trasluce la ausencia de vehículo propio.
Diez minutos hasta “Don Chicho”, un restaurante en la frontera de Villa Urquiza y Colegiales con fama de servir buenas y abundantes pastas a precios accesibles. Mientras elige qué comer no hace humor, ni radio, ni música, ni ningún personaje: es él, el mismo que dice ser siempre: “Yo simplemente me coloco en diferentes lugares pero siempre soy el mismo, la fuerza motora es una”.

-¿Y cuál es esa fuerza motora?
-Es la ganas de decir cosas, ya sea musicalmente, con la palabra, escribiendo. Es esa fuerza la que me mueve. No es que soy un tipo distinto cuando estoy en la radio que cuando toco música: soy exactamente el mismo. Hay días en que soy más músico, al otro me pongo a escribir para el blog, un día más tarde tengo ganas de hacer radio, y después vuelvo a ser músico.


 -¿Vivís las cosas como un juego?
-Sí, juego total. Ese es el germen, la base, y va acompañado de cierta astucia para que ese juego me deje dinero. Juego y después negocio cómo vivir del juego porque sin esa pata tenés que ir a laburar a una fábrica. Porque podés ser un trompetista bárbaro pero si no tenés la habilidad para subsistir en un mundo dominado por el dinero se transforma en un hobbie muy caro. Entonces hago un poco de las dos cosas: hay una parte mía empresarial, si querés.

-¿Cómo fue que aquel pibe de barrio de Monte Grande, zona sur del Conurbano, comenzó a interesarse por el jazz, que, por lo general, no está tan identificado con el barrio?
-Como siempre llega la buena música: con un padrino. En mi caso fue mi primo Enrique, un poco mayor que yo, que tocaba la guitarra y el violín. Me hizo escuchar selecciones de música, me enseñó y le debo bastante a él porque descubrí mi vocación en esas tardes que pasábamos en su habitación, en Monte Grande, tocando. Todavía no tocaba la trompeta, era guitarrista y tocábamos versiones de jazz, con dos guitarras, o él con el violín y yo con la viola. La trompeta vino un poco después.

-¿Cómo fue ese encuentro?
-Vino a medida que empecé a escuchar más jazz y descubrí a Miles Davis, que me cambió la dimensión de todo, porque para mi la trompeta era un instrumento un poco despreciado. Eran los años ochenta y no había muchos trompetistas, en la Argentina lo único que había eran las bandas militares. No sabía que la trompeta podía tener esta dimensión. Lo tenía como un instrumento de fanfarria, de circo, y no que podía transmitir otros tipos de sensaciones. Miles ubicó la trompeta en un lugar de protagonismo y sobre todo, no grasa. La trompeta es así, es terrible: no hay un punto intermedio.

-Hay como una especie de sentido común según el cual la época de oro del jazz fue en el 50 y fue irrepetible. ¿Eso es una mochila para la gente del género?
-Es real que la época de oro ya pasó. Ellos estaban creando y nosotros, recreando. Es como que tenés la certeza de que difícilmente puedas superar lo que se hizo en esa época, pero uno toca música porque le gusta, no para descubrir algo. El que toca blues ya sabe que existió B.B. King pero le gusta tocar blues, no se va a pegar un tiro en el paladar porque ya existieron los mejores bluseros, pero está bueno recrearlo, tocarlo.

“Gillespi” gesticula cada una de las palabras que le salen de la boca mientras saborea el vino que sirve de antesala a las pastas que llegarán en cualquier momento. Se autodefine como "un tipo melancólico", aunque no lo parezca.

-¿La nostalgia te permite crear?
-Sí, por supuesto. La nostalgia y la melancolía te permiten crear mucho más que la alegría y que la euforia. Las mejores obras han salido de espíritus atormentados. A mi me gusta mucho más la canción de amor del tipo que lo dejaron, que la del tipo que está con la mina. Me gusta mucho más Calamaro triste que contento; desde el dolor han salido grandes obras.

-Hablás de melancolía pero hacés reír…
-Sí, pero hago reír desde el cinismo y desde la visión sarcástica de la realidad, no soy payaso sino que toco la miseria de los que me están viendo. Los mejores humoristas, además, han sido gente muy melancólica. Incluso, los principales libretistas que tuve en los proyectos de radio y televisión eran pibes tristes, tímidos. El tímido tiene problemas de comunicación pero muchas veces es un terrible hijo de puta que mira desde afuera, desde su timidez, todo lo que pasa alrededor y es un lúcido testigo de los defectos de la miseria humana.

-Pero hacés reír y no sos tímido: ¿cómo hacés?
-Era tímido pero los medios me entrenaron. Cuando empecé en televisión no quería aparecer en cámara. Aparecí después de siete años de estar laburando con fobia. Hasta que Yankelevich me dijo “flaco, vas a aparecer en cámara porque me cago de risa con vos; firmá este papel”. Eran unas cuantas lucas en ese momento. Me sacó la fobia y paulatinamente me he ido entrenando para ser sociable. De hecho, vuelvo a ser tímido de acá a un rato.

(Publicada en la revistas "Sueños Compartidos", abril 2010, y "Al Margen, Junio 2010)

lunes, 8 de marzo de 2010

Corcovado: un pueblo tan inverosímil como real


A un año de la brutal represión institucional que sufrió el pueblo de Corcovado, Chubut, este viaje al lugar de los hechos permite conocer el testimonio de la familia Bustos, la más afectada por el accionar policial. 

Corcovado es un pueblo inverosímil, como de fábula. Recostado sobre el pie de la Cordillera de los Andes, a pocos kilómetros de la frontera chilena, y justo en el medio, en orientación norte-sur, de la provincia de Chubut, parece, en ciertos aspectos, vivir una siesta prolongada aunque los hechos que constituyen este artículo demostrarán lo falaz que resulta tal apreciación.
Llegar desde Esquel en el colectivo semiurbano que une los 100 kilómetros que separan a ambas localidades es un recorrido pintoresco para quienes viajan como turistas pero enfermaría de nervios a más de uno que debe hacerlo en forma diaria, a no ser porque la paciencia de los pobladores de la zona esté constituida por proporciones gigantes de estoicismo.
Las tres horas que todo el mundo dice que tarda el micro en unir los cien kilómetros, y que en la terminal de Esquel reducen a dos, terminan siendo cuatro en medio de una ruta a la que denominar de “ripio” sería grandilocuente. El colectivo atraviesa quebradas, aldeas de no más de diez casas, lagos perdidos, arroyos que caen como pequeñas cascadas; escala montañas con el motor pidiendo auxilio, serpentea precipicios y regala una vista intensa del esplendor de la cordillera andina que obliga a los ojos a inmutarse y a uno sentirse la nada misma.
Allí, al final de ese trayecto, nace Corcovado: algo más de 500 viviendas, distribuidas en un pequeño valle en medio de la inmensidad de los Andes que resiste el viento, la nieve y algo peor que cualquier inclemencia climatológica: la represión policial.
Allí, Marcos Bustos nos recibe con una sonrisa en la que se cuelan sus dientes blancos, blanquísimos. Marcos se ríe y ésta es la primera demostración contundente de su enorme fortaleza. Marcos es una de las víctimas del accionar policial que el 8 de marzo del año pasado atacó Corcovado demostrando que la represión policial no distingue entre ciudades grandes, pueblos chicos ni aldeas remotas, y que es capaz de llegar hasta los lugares más recónditos que puedan imaginarse. Marcos está en silla de ruedas producto de una bala y de la brutal golpiza que recibió de los agentes del GEOP (Grupo Especial de Operaciones Policiales de la provincia de Chubut), eufemismo para nombrar al grupo de tareas que se encarga del trabajo sucio que lleva implícita la política de “mano dura” que el gobernador Mario Das Neves pretende encarnizar en la provincia como plataforma para su proyecto presidencial. Nada novedoso, si no fuera por la pretensión oficial de que parezca una idea innovadora.
Marcos nos muestra su sonrisa dolorida, genuina, espontánea, hospitalaria y nos invita a acompañarlo hasta su casa, donde nos espera el resto de su familia. Es tanta la energía y la potencia que derrocha este pibe de 17 años que mientras nos guía hacia su casa en los menos de 300 metros que la separan de la terminal y nos cuenta el tratamiento que está llevando a cabo para intentar recuperarse, se niega, una y otra vez, a que lo ayudemos a empujar la silla de ruedas que lo traslada por esa calle empinada. Los golpes policiales hicieron que sólo pueda mover la cara, el cuello y los brazos. El resto de su cuerpo se lo apropiaron esos malditos con uniforme que, pese a todo lo que se ensañaron con él, no pudieron con su esperanza, ni con su vitalidad. En eso, Marcos tiene tanto como para hacer transfusión.
La puerta de la casa de la familia Bustos no se abre, ya está abierta, y desde adentro de la casa salen a nuestro encuentro Marta y Omar. Nos reciben con una hospitalidad imponente. Ya adentro, en medio de cientos de lazos invisibles que nos empiezan a amarrar, a hacernos sentir fraternalmente,enlazados, Corcovado volverá un año atrás su reloj para detenerse en aquel 8 de marzo en que la vida del pueblo, en general, y de la familia Bustos, en particular, cambió definitivamente: “No vamos a olvidar nunca lo que pasó”, dirá Marta antes de quebrarse en un llanto repetido, intenso, profundo, de adentro hacia fuera y de adentro hacia más adentro. “Perdimos la paz de la casa. Esto no va a ser nunca más igual a como era antes, porque éramos una familia unida, de compartir todo el tiempo la cena, el almuerzo, los nietos, todo. Eso se me terminó. Se me terminó todo esto”, afirmará, luego, Omar con los ojos brillosos y con ríos de lágrimas internos recorriendo su cuerpo sin desembocar en el exterior.
Marta y Omar son los padres de la familia Bustos. De sus 10 hijos éste es el saldo del accionar policial: Cristian desaparecido; Wilson, asesinado; Marcos, inválido; Daniel, detenido injustamente, golpeado y torturado con saña.
El cuadro permite dimensionar el dolor pero también explica la lucha que, desde entonces, lleva adelante la familia, con enorme integridad y escasos recursos. “Lo que pasó acá fue terrorismo de Estado. Porque si vienen a buscar a un prófugo no es para que pasara lo que pasó, que la gente vivió el terror: chicos que fueron apuntados con armas, chicos que fueron sacados desnudos. Una chica que se estaba bañando, la sacaron desnuda, apuntándole con un arma hasta afuera donde estaban sus padres; a una nenita, mientras apretaban y esposaban al padre, la sentaron en la silla con un arma en la cabeza, y ella, pobrecita, se orinó encima. Y después por siete días tiraron tiros toda la noche, andaban encapuchados para que nadie sepa quiénes eran”, narra Marta con escozor.
Luego agrega: “Yo tengo a mi hijo inválido, perdí a uno de 19 años que no llevaba armas en sus manos y el que está detenido, cuando se entregó, se arrodillo, levantó las manos arriba y sobre eso recibió un tiro en una pierna. Fue torturado en la Comisaría 1ª de Esquel, lo desnudaron, la patearon, lo sacaron para afuera de un paredón, le dijeron que subiera al paredón que le iban a gatillar. Total, iban a decir que se había querido escapar y ha recibido torturas de todo tipo”. La descripción que ofrece Marta, de tan clara, nos deslinda de la responsabilidad de agregar cualquier calificativo.
Más palabras de Marta: “Marcos, el que está en sillas de ruedas, estuvo tres días sin poder saber dónde lo tenían: si estaba en el hospital, si estaba vivo o muerto. Nos enteramos a los dos días que estaba internado. No podíamos llegar hacia él. Fue torturado dentro del hospital, lo quemaron con sopa, le ponían el arma en la cabeza, tuvimos que sacar un permiso para poder llegar a donde estaba. Lo tenían esposado, ya no caminaba, estaba internado con custodia policial. Después de insistir nos sacaron la custodia pero igual entraban al hospital a la hora que querían y lo amenazaban, estuvo amenazado todo el tiempo”.
Las palabras de Marta se chocan unas con otras en el apuro de querer salir todas juntas. Con la entereza que solo una madre es capaz de sacar a relucir en tales circunstancias, pero con el dolor dolorido, se sincera: “También quiero decir que tengo mucho miedo. Todas las noches llega el oscurecer y me paso mirando la ventana, hay noches que paso sin dormir, todo esto lo recuerdo día a día. Hoy más que nunca estoy viviendo un momento muy difícil. Yo viví la década del setenta con mis padres y hoy lo viví junto con mis hijos, entonces quiero pedir mucha ayuda a todos. Me van a perdonar que me quiebre pero es muy difícil”, dice antes de que el llanto florezca y se ramifique ganando todo su cuerpo.
Marta llora. Le brotan lágrimas de dolor e impotencia.
De rabia.
De angustia.

¿Democracia?
Omar, su esposo, resume el reclamo de Corcovado en palabras que, para este país, parecen ciencia ficción: “Lo único que pedimos es Justicia”. Agrega: “Pedimos que se declare que lo que pasó acá fue terrorismo de Estado, porque no fue otra cosa”. Luego se explaya: “Creo que estamos viviendo en democracia, no tiene por qué un gobernador venir y cortarnos la radio del pueblo por dos días y difundir solamente los hechos según la versión de la Policía. Fue todo un desastre: gente pateada, que le rompieron las cosas. Esos videos lo vio la Fiscalía también. Eso es terrorismo de Estado. Porque si van a buscar a un prófugo, creo que es gente que debería saber cómo actuar, no venir a hacer un desastre a un pueblo, más a uno chico como somos nosotros, que se puede decir que somos familia”.
El sentido común que aplica Omar, lamentablemente, se esfuma cuando se trata de un caso en el que intervienen las llamadas fuerzas del orden. “Está todo filmado. Volvimos al tiempo en que llegaba la Policía y el Ejército y daban dos o tres golpes y tiraban la puerta para afuera. Lo que vivimos acá en la cordillera es Terrorismo de Estado”, remata con sencillez y contundencia.

-¿A un año de los hechos, cómo está la gente de Corcovado?
-Quedó con miedo. Corcovado fue tomado por el grupo GEOP y la Policía de la provincia. A nosotros nos vigilaba la Policía hasta hace muy poquito. A donde nos movíamos, nos vigilaban. A mí me pedían cuatro o cinco veces los papeles del auto cuando iba a Esquel. Cuando llevábamos a Marcos al hospital no nos podíamos descuidar porque teníamos cuatro policías riéndose de él en la cara.

-¿Cómo fue que lesionan a Marcos?
-Es una cosa que no está clara porque, según dicen, a Marcos le tocó la médula la bala pero Marcos dejó de sentir la pierna después de que lo agarraron y se entregó, subió a la camioneta caminando y recibió una patada de un policía en la espalda y de ahí dejó de sentir las piernas y hasta el día de hoy no se le ha hecho ni una resonancia para saber si la médula fue quebrada de una patada o por una bala.
El nudo que Omar tiene en la garganta no se percibe con los ojos sino por los oídos, a través de la voz entrecortada que fluye mientras relata su historia. Corcovado también estuvo anudado aquel 8 de marzo. Entusiasmados con la cacería, los efectivos decidieron quedarse, entonces, algunos días más en el pueblo: “Fueron siete días y siete noches de tiros en el pueblo. No se sabía si les tiraban a los perros, a la gente. ¿Quién iba a salir a la calle? Hubo una orden que no se podía andar hasta más de las diez de la noche sin documento en mano. Acá nos conocemos todos, es un pueblo muy chico, cómo vamos a tener que andar con documento en la mano, por qué nos van a cortar la radio, que sólo difundía las cosas de la Policía. Está el Juez de Paz de testigo: cuánta gente fue a la comisaría a hacer la denuncia y no se las tomaron. Las tuvo que tomar el Juez de Paz”, explica Omar.
Agrega: “Hubo otros vecinos que denunciaron los malos tratos. La mayoría de la gente que fue afectada no tenía nada que ver, ni nosotros mismos que estábamos en la casa viviendo una vida tranquila, y de la noche a la mañana se nos apareció el hijo y yo no lo puedo atender afuera. Él bajó para entregarse. ¿Por qué no hicieron las cosas como las tenían que hacer? Esperar media hora más a que llegara el abogado ¿Por qué tuvieron que hacer este desastre?

-¿En el pueblo se habla de lo que pasó o es un tema tabú?
-Recién ahora la gente está empezando a acercarse a nosotros, a preguntarnos qué novedades hemos tenido, cómo van las cosas. Antes no se hablaba, toda la gente estaba callada, nadie se acercaba a la casa.

-¿Omar, contanos cuál es la situación de Daniel?
-Daniel es un preso político porque no tendría porqué estar preso. Aparte no vivía con nosotros, él tiene su casa. Llegó en el momento justo. Otra cosa: por qué lo dejaron entrar, si había un allanamiento de esta magnitud. ¿Por qué lo dejaron entrar? ¿Por qué no lo pararon afuera? Ellos venían mandado y tenían apoyo y firmeza de atrás. Lo que querían hacer es lo que pasó y si no le damos un corte, si no hacemos nada, van a seguir.

El análisis final de Omar tiene una lucidez apabullante y es ese el motor que le permite a esta familia, y a todo Corcovado, resistir la impunidad que rodea el accionar político y policial desde el 8 de marzo a la fecha.
Corcovado es un pueblo inverosímil, como de fábula, sí, pero es protagonista de una historia que de tan repetida parece un deja vu de otras tantas, ocurridas a lo largo de los años. Ese dato, por sí mismo, demuestra que estos actos de violencia institucional no son errores ni excesos sino la violencia sistemática y planificada con la que se pretende ejercer el control social e instaurar un miedo colectivo. Miedo como al que hacen referencia Marta y Omar.
Lo malo del miedo es cuando paraliza y la familia Bustos hace un año que no para de marchar. 

(8 de marzo de 2010)