lunes, 8 de marzo de 2010

Corcovado: un pueblo tan inverosímil como real


A un año de la brutal represión institucional que sufrió el pueblo de Corcovado, Chubut, este viaje al lugar de los hechos permite conocer el testimonio de la familia Bustos, la más afectada por el accionar policial. 

Corcovado es un pueblo inverosímil, como de fábula. Recostado sobre el pie de la Cordillera de los Andes, a pocos kilómetros de la frontera chilena, y justo en el medio, en orientación norte-sur, de la provincia de Chubut, parece, en ciertos aspectos, vivir una siesta prolongada aunque los hechos que constituyen este artículo demostrarán lo falaz que resulta tal apreciación.
Llegar desde Esquel en el colectivo semiurbano que une los 100 kilómetros que separan a ambas localidades es un recorrido pintoresco para quienes viajan como turistas pero enfermaría de nervios a más de uno que debe hacerlo en forma diaria, a no ser porque la paciencia de los pobladores de la zona esté constituida por proporciones gigantes de estoicismo.
Las tres horas que todo el mundo dice que tarda el micro en unir los cien kilómetros, y que en la terminal de Esquel reducen a dos, terminan siendo cuatro en medio de una ruta a la que denominar de “ripio” sería grandilocuente. El colectivo atraviesa quebradas, aldeas de no más de diez casas, lagos perdidos, arroyos que caen como pequeñas cascadas; escala montañas con el motor pidiendo auxilio, serpentea precipicios y regala una vista intensa del esplendor de la cordillera andina que obliga a los ojos a inmutarse y a uno sentirse la nada misma.
Allí, al final de ese trayecto, nace Corcovado: algo más de 500 viviendas, distribuidas en un pequeño valle en medio de la inmensidad de los Andes que resiste el viento, la nieve y algo peor que cualquier inclemencia climatológica: la represión policial.
Allí, Marcos Bustos nos recibe con una sonrisa en la que se cuelan sus dientes blancos, blanquísimos. Marcos se ríe y ésta es la primera demostración contundente de su enorme fortaleza. Marcos es una de las víctimas del accionar policial que el 8 de marzo del año pasado atacó Corcovado demostrando que la represión policial no distingue entre ciudades grandes, pueblos chicos ni aldeas remotas, y que es capaz de llegar hasta los lugares más recónditos que puedan imaginarse. Marcos está en silla de ruedas producto de una bala y de la brutal golpiza que recibió de los agentes del GEOP (Grupo Especial de Operaciones Policiales de la provincia de Chubut), eufemismo para nombrar al grupo de tareas que se encarga del trabajo sucio que lleva implícita la política de “mano dura” que el gobernador Mario Das Neves pretende encarnizar en la provincia como plataforma para su proyecto presidencial. Nada novedoso, si no fuera por la pretensión oficial de que parezca una idea innovadora.
Marcos nos muestra su sonrisa dolorida, genuina, espontánea, hospitalaria y nos invita a acompañarlo hasta su casa, donde nos espera el resto de su familia. Es tanta la energía y la potencia que derrocha este pibe de 17 años que mientras nos guía hacia su casa en los menos de 300 metros que la separan de la terminal y nos cuenta el tratamiento que está llevando a cabo para intentar recuperarse, se niega, una y otra vez, a que lo ayudemos a empujar la silla de ruedas que lo traslada por esa calle empinada. Los golpes policiales hicieron que sólo pueda mover la cara, el cuello y los brazos. El resto de su cuerpo se lo apropiaron esos malditos con uniforme que, pese a todo lo que se ensañaron con él, no pudieron con su esperanza, ni con su vitalidad. En eso, Marcos tiene tanto como para hacer transfusión.
La puerta de la casa de la familia Bustos no se abre, ya está abierta, y desde adentro de la casa salen a nuestro encuentro Marta y Omar. Nos reciben con una hospitalidad imponente. Ya adentro, en medio de cientos de lazos invisibles que nos empiezan a amarrar, a hacernos sentir fraternalmente,enlazados, Corcovado volverá un año atrás su reloj para detenerse en aquel 8 de marzo en que la vida del pueblo, en general, y de la familia Bustos, en particular, cambió definitivamente: “No vamos a olvidar nunca lo que pasó”, dirá Marta antes de quebrarse en un llanto repetido, intenso, profundo, de adentro hacia fuera y de adentro hacia más adentro. “Perdimos la paz de la casa. Esto no va a ser nunca más igual a como era antes, porque éramos una familia unida, de compartir todo el tiempo la cena, el almuerzo, los nietos, todo. Eso se me terminó. Se me terminó todo esto”, afirmará, luego, Omar con los ojos brillosos y con ríos de lágrimas internos recorriendo su cuerpo sin desembocar en el exterior.
Marta y Omar son los padres de la familia Bustos. De sus 10 hijos éste es el saldo del accionar policial: Cristian desaparecido; Wilson, asesinado; Marcos, inválido; Daniel, detenido injustamente, golpeado y torturado con saña.
El cuadro permite dimensionar el dolor pero también explica la lucha que, desde entonces, lleva adelante la familia, con enorme integridad y escasos recursos. “Lo que pasó acá fue terrorismo de Estado. Porque si vienen a buscar a un prófugo no es para que pasara lo que pasó, que la gente vivió el terror: chicos que fueron apuntados con armas, chicos que fueron sacados desnudos. Una chica que se estaba bañando, la sacaron desnuda, apuntándole con un arma hasta afuera donde estaban sus padres; a una nenita, mientras apretaban y esposaban al padre, la sentaron en la silla con un arma en la cabeza, y ella, pobrecita, se orinó encima. Y después por siete días tiraron tiros toda la noche, andaban encapuchados para que nadie sepa quiénes eran”, narra Marta con escozor.
Luego agrega: “Yo tengo a mi hijo inválido, perdí a uno de 19 años que no llevaba armas en sus manos y el que está detenido, cuando se entregó, se arrodillo, levantó las manos arriba y sobre eso recibió un tiro en una pierna. Fue torturado en la Comisaría 1ª de Esquel, lo desnudaron, la patearon, lo sacaron para afuera de un paredón, le dijeron que subiera al paredón que le iban a gatillar. Total, iban a decir que se había querido escapar y ha recibido torturas de todo tipo”. La descripción que ofrece Marta, de tan clara, nos deslinda de la responsabilidad de agregar cualquier calificativo.
Más palabras de Marta: “Marcos, el que está en sillas de ruedas, estuvo tres días sin poder saber dónde lo tenían: si estaba en el hospital, si estaba vivo o muerto. Nos enteramos a los dos días que estaba internado. No podíamos llegar hacia él. Fue torturado dentro del hospital, lo quemaron con sopa, le ponían el arma en la cabeza, tuvimos que sacar un permiso para poder llegar a donde estaba. Lo tenían esposado, ya no caminaba, estaba internado con custodia policial. Después de insistir nos sacaron la custodia pero igual entraban al hospital a la hora que querían y lo amenazaban, estuvo amenazado todo el tiempo”.
Las palabras de Marta se chocan unas con otras en el apuro de querer salir todas juntas. Con la entereza que solo una madre es capaz de sacar a relucir en tales circunstancias, pero con el dolor dolorido, se sincera: “También quiero decir que tengo mucho miedo. Todas las noches llega el oscurecer y me paso mirando la ventana, hay noches que paso sin dormir, todo esto lo recuerdo día a día. Hoy más que nunca estoy viviendo un momento muy difícil. Yo viví la década del setenta con mis padres y hoy lo viví junto con mis hijos, entonces quiero pedir mucha ayuda a todos. Me van a perdonar que me quiebre pero es muy difícil”, dice antes de que el llanto florezca y se ramifique ganando todo su cuerpo.
Marta llora. Le brotan lágrimas de dolor e impotencia.
De rabia.
De angustia.

¿Democracia?
Omar, su esposo, resume el reclamo de Corcovado en palabras que, para este país, parecen ciencia ficción: “Lo único que pedimos es Justicia”. Agrega: “Pedimos que se declare que lo que pasó acá fue terrorismo de Estado, porque no fue otra cosa”. Luego se explaya: “Creo que estamos viviendo en democracia, no tiene por qué un gobernador venir y cortarnos la radio del pueblo por dos días y difundir solamente los hechos según la versión de la Policía. Fue todo un desastre: gente pateada, que le rompieron las cosas. Esos videos lo vio la Fiscalía también. Eso es terrorismo de Estado. Porque si van a buscar a un prófugo, creo que es gente que debería saber cómo actuar, no venir a hacer un desastre a un pueblo, más a uno chico como somos nosotros, que se puede decir que somos familia”.
El sentido común que aplica Omar, lamentablemente, se esfuma cuando se trata de un caso en el que intervienen las llamadas fuerzas del orden. “Está todo filmado. Volvimos al tiempo en que llegaba la Policía y el Ejército y daban dos o tres golpes y tiraban la puerta para afuera. Lo que vivimos acá en la cordillera es Terrorismo de Estado”, remata con sencillez y contundencia.

-¿A un año de los hechos, cómo está la gente de Corcovado?
-Quedó con miedo. Corcovado fue tomado por el grupo GEOP y la Policía de la provincia. A nosotros nos vigilaba la Policía hasta hace muy poquito. A donde nos movíamos, nos vigilaban. A mí me pedían cuatro o cinco veces los papeles del auto cuando iba a Esquel. Cuando llevábamos a Marcos al hospital no nos podíamos descuidar porque teníamos cuatro policías riéndose de él en la cara.

-¿Cómo fue que lesionan a Marcos?
-Es una cosa que no está clara porque, según dicen, a Marcos le tocó la médula la bala pero Marcos dejó de sentir la pierna después de que lo agarraron y se entregó, subió a la camioneta caminando y recibió una patada de un policía en la espalda y de ahí dejó de sentir las piernas y hasta el día de hoy no se le ha hecho ni una resonancia para saber si la médula fue quebrada de una patada o por una bala.
El nudo que Omar tiene en la garganta no se percibe con los ojos sino por los oídos, a través de la voz entrecortada que fluye mientras relata su historia. Corcovado también estuvo anudado aquel 8 de marzo. Entusiasmados con la cacería, los efectivos decidieron quedarse, entonces, algunos días más en el pueblo: “Fueron siete días y siete noches de tiros en el pueblo. No se sabía si les tiraban a los perros, a la gente. ¿Quién iba a salir a la calle? Hubo una orden que no se podía andar hasta más de las diez de la noche sin documento en mano. Acá nos conocemos todos, es un pueblo muy chico, cómo vamos a tener que andar con documento en la mano, por qué nos van a cortar la radio, que sólo difundía las cosas de la Policía. Está el Juez de Paz de testigo: cuánta gente fue a la comisaría a hacer la denuncia y no se las tomaron. Las tuvo que tomar el Juez de Paz”, explica Omar.
Agrega: “Hubo otros vecinos que denunciaron los malos tratos. La mayoría de la gente que fue afectada no tenía nada que ver, ni nosotros mismos que estábamos en la casa viviendo una vida tranquila, y de la noche a la mañana se nos apareció el hijo y yo no lo puedo atender afuera. Él bajó para entregarse. ¿Por qué no hicieron las cosas como las tenían que hacer? Esperar media hora más a que llegara el abogado ¿Por qué tuvieron que hacer este desastre?

-¿En el pueblo se habla de lo que pasó o es un tema tabú?
-Recién ahora la gente está empezando a acercarse a nosotros, a preguntarnos qué novedades hemos tenido, cómo van las cosas. Antes no se hablaba, toda la gente estaba callada, nadie se acercaba a la casa.

-¿Omar, contanos cuál es la situación de Daniel?
-Daniel es un preso político porque no tendría porqué estar preso. Aparte no vivía con nosotros, él tiene su casa. Llegó en el momento justo. Otra cosa: por qué lo dejaron entrar, si había un allanamiento de esta magnitud. ¿Por qué lo dejaron entrar? ¿Por qué no lo pararon afuera? Ellos venían mandado y tenían apoyo y firmeza de atrás. Lo que querían hacer es lo que pasó y si no le damos un corte, si no hacemos nada, van a seguir.

El análisis final de Omar tiene una lucidez apabullante y es ese el motor que le permite a esta familia, y a todo Corcovado, resistir la impunidad que rodea el accionar político y policial desde el 8 de marzo a la fecha.
Corcovado es un pueblo inverosímil, como de fábula, sí, pero es protagonista de una historia que de tan repetida parece un deja vu de otras tantas, ocurridas a lo largo de los años. Ese dato, por sí mismo, demuestra que estos actos de violencia institucional no son errores ni excesos sino la violencia sistemática y planificada con la que se pretende ejercer el control social e instaurar un miedo colectivo. Miedo como al que hacen referencia Marta y Omar.
Lo malo del miedo es cuando paraliza y la familia Bustos hace un año que no para de marchar. 

(8 de marzo de 2010)

viernes, 5 de marzo de 2010

Ni flores ni bombones

“Día Internacional de la Mujer Trabajadora”

El 8 de marzo se conmemora el “Día Internacional de la Mujer Trabajadora” en homenaje a las costureras estadounidenses que, en 1908, hicieron huelga para reclamar sus derechos y fueron incendiadas por el patrón dentro de la fábrica. Otras mujeres decidieron tomar esa fecha como jornada de lucha. Aunque desde entonces han logrado diversas conquistas históricas, aún sobran las razones para seguir reivindicando la igualdad de sus derechos.

“La mujer, está donde le corresponde.
Millones de años de evolución no se han equivocado,
pues la naturaleza tiene la capacidad
de corregir sus propios defectos.”
Albert Einstein

Por Luis Zarranz
La historia oficial le asigna a la mujer, desde antes que Einstein dejara claro que el machismo no diferencia niveles intelectuales, un papel de culpa: fue por una de ellas, Eva, que Dios echó a la humanidad del Paraíso y fue una del mismo sexo, Pandora, quien destapó la caja que llenó al mundo de desgracias.
Los libros de la primaria, cuando refieren a la conquista de América sólo hacen un lugarcito a las mujeres a la sombra de los próceres como madres abnegadas o viudas sufrientes. ¿El resto de su papel en aquellos años?: la bandera, el bordado y el luto. Rara vez se menciona la gesta que protagonizaron muchísimas de ellas.
Estos ejemplos reflejan, por citar tan solo algunos de los infinitos que podrían mencionarse, la situación de desigualdad, discriminación y opresión que sufren las mujeres, por cuestiones de género.
Así, en 1910, en la II Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas realizada en Copenhague, Dinamarca, se proclamó –a instancias de Clara Zetkin y Kathy Duncker, dos incansables luchadoras– el 8 de marzo como Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Ese es el nombre correcto para mencionar tal fecha, aunque luego el capitalismo se haya esforzado en quitar la cuestión de clase para imponer el mucho más suave “Día Internacional de la Mujer”.
La elección de ese día del calendario sintetiza la génesis por la que cada 8 de marzo debe ser considerado una jornada de reivindicaciones: dos años antes, 40 mil costureras industriales estadounidenses hacían huelga por el derecho a la sindicalización y en rechazo al trabajo infantil. El 8 de marzo de 1908 la fábrica textil Cotton de Nueva York era incendiada a manos de su dueño mientras las trabajadoras ocupaban la empresa: 129 de ellas quedaron atrapadas en el fuego patronal, pero su reclamo logró sobrevivir.
Desde entonces ha corrido mucha agua bajo el puente. En estos cien años la situación de la mujer ha avanzado de forma significativa aunque todavía queden muchas cosas pendientes para que la igualdad sea completa y efectiva. Aún hoy no son pocos los que se preguntan: “¿Un día de la mujer, para qué?”, como si el problema fuese el día en sí y no la situación de desigualdad que pone en evidencia. Imposibilitados de obviar la fecha, los medios proponen que cada 8 de marzo las mujeres reciban flores, bombones y saludos como fórmula para negar e invisibilizar los motivos que justifican no sólo ya su Día Internacional sino la situación de desigualdad que legitima tal fecha.
A través de los siglos, la concepción patriarcal ha considerado al hombre como centro de la humanidad en detrimento de la mujer. Cifras de la injusticia: en los países del sur, una de cada tres mujeres casadas recibe golpes por parte de su marido. Y a nivel mundial, de cada diez pobres, siete son mujeres.
Femicidios, violencia sexista, negación de derechos políticos y sociales, brecha salarial con respecto a los hombres son algunas de las cuestiones que tienen estricta actualidad y que ponen de relieve la cuestión de género y la pelea diaria que encarnan millones de mujeres contra tal situación.
En nuestro país la mujer ya representa más del 40% de la población económicamente activa y el 30% de los hogares está sostenido por jefas de hogar. Sin embargo ganan un tercio de lo que reciben los hombres por igual trabajo realizado. El 8 de marzo pasado la Confederación Internacional Sindical (CSI) presentó en Bruselas, Bélgica, el informe “(Des)igualdad de género en el mercado laboral: Visión general de las tendencias y  progresos mundiales centrado en la brecha salarial de género en el mundo”. El primer capítulo de este documento examina la diferencia entre los salarios de las mujeres con respecto a sus pares hombres. Los datos confirmaron lo que todo el mundo sabía: el promedio de la brecha salarial de género es de 22,4% a nivel mundial. En nuestro país, las últimas estadísticas sostienen que los hombres ganan entre un 30 y un 50% más que las mujeres por iguales tareas.
Pero hablar de la desigualdad de género jamás puede limitarse a una cuestión estrictamente salarial. Implica referirse a diversas realidades: a la violencia sexista que solamente el año pasado se cobró la vida de más de 200 mujeres; a la trata de personas y a las redes de prostitución, que esclavizan a millones de mujeres y cargan sobre sus espaldas la desaparición de más de 600 mujeres y niñas sólo en nuestro país; al derecho al aborto seguro, legal y gratuito que el Estado sigue negando y cuya consecuencia más visible son las cientos de mujeres fallecidas en abortos clandestinos; a la conversión de la mujer en un mero objeto de deseo que los medios estimulan como práctica cotidiana; etcétera, etcétera.
Como se aprecia, resulta indispensable rescatar el 8 de marzo como (otra) jornada para las reivindicaciones por la igualdad de derechos y no, como se pretende, como una fecha comercial color rosado. El Día Internacional de la Mujer Trabajadora implica no sólo ese día de lucha sino la necesidad de que ésta se multiplique y sea tan cotidiana como la situación de desigualdad que la genera.

Género  y movimiento obrero
“Las mujeres han tenido una participación central”
Por Luis Zarranz
Nicolás Iñigo Carrera es historiador, investigador, docente universitario y especialista en movimiento obrero. Estará a cargo de la jornada “La situación de la clase obrera en América Latina” en el Seminario “América Latina frente a la reacción neoliberal y el imperialismo. Aportes del conocimiento colectivo al proceso de liberación”, que comenzará en abril en la Universidad Popular Madres de Plaza de Mayo. En referencia al “Día Internacional de la Mujer Trabajadora”, aquí brinda algunas pistas sobre la participación femenina en las luchas sindicales y en los movimientos de trabajadores desocupados.

-¿Cuál ha sido la participación histórica de la mujer en el movimiento obrero y qué modificaciones ha tenido con el transcurso de los años?
-Desde los orígenes del movimiento obrero, tanto en Argentina como en el mundo, las mujeres han tenido una participación central: en las huelgas desarrolladas en los ramos productivos en que la fuerza de trabajo femenina era importante (muchas veces abrumadoramente mayoritaria), en la solidaridad con los huelguistas y en huelgas como la de inquilinos de 1907. Incluso en la lucha callejera: es notable, en la huelga general de enero de 1936, el papel de las mujeres y niños atacando y destruyendo los medios de transporte que no se plegaron a la huelga. En este aspecto no sé si ha habido grandes cambios.

-¿Por qué resulta tan difícil encontrar referencias de mujeres al frente de movimientos sindicales?
-Es menos frecuente que haya mujeres en los cargos más relevantes de las organizaciones sindicales. Si a comienzos del siglo XX esto podría explicarse por la condición legal de la mujer, desde los años 20 sólo puede ser atribuido a una concepción del mundo (que involucra a hombres y mujeres). Pero es evidente que la participación de las mujeres en los órganos directivos de los sindicatos se incrementó a lo largo del siglo XX y en las últimas décadas hay varios sindicatos que han tenido como secretaria general a una mujer.

-¿A tu criterio, cuáles son las razones por las que dentro de los movimientos de trabajadores desocupados la mujer ha tenido una irrupción tan destacada?
-En el movimiento de desocupados las mujeres han tenido una amplia participación en la movilización y en la organización de base, pero menos cuando se observa quiénes son los dirigentes principales, o sea que se repite lo del movimiento obrero. La importancia en la base probablemente tiene que ver con que se trata de las capas más pobres, donde la mujer tiene un papel relevante en la organización familiar (incluso muchas veces el hombre no existe y la mujer es cabeza de familia) y también el tipo de organización (ollas, comedores, etc) que están más asociadas a la mujer.

-El machismo imperante en buena parte de nuestra sociedad, ¿registra niveles similares dentro del movimiento obrero? Es decir, ¿los factores de clase, inhiben o potencian el machismo?
-Obviamente no son marcianos y, en líneas generales, siguen las pautas del conjunto de la sociedad. Pero hay que recordar que desde su origen el movimiento obrero (o al menos sus corrientes político ideológicas principales: socialismo, anarquismo, sindicalismo revolucionario, comunismo) planteó una lucha constante en el plano de las concepciones ideológicas y en la práctica, contra la opresión de las mujeres. Y esto tiene que ver con los factores de clase: la lucha por la construcción de una sociedad sin explotados ni oprimidos involucra desde el comienzo la lucha contra la opresión de la mujer. Esto no significa que mágicamente desaparezca el machismo, pero sí que se plantee su superación. Desde las clases opresoras, no puede haber oposición a la opresión misma sino que pueden aparecer reclamos contra tal o cual opresión (puede ser la de las mujeres), pero nunca con relación al conjunto social.

-Algunos sostienen que pueden establecerse diferencias en los modelos de conducción femenina respecto a los masculinos. ¿Existe tal cosa: un modelo "femenino" de conducción y otro "masculino"?
-La diferencia entre modelos de conducción masculina o femenina me parece un cuento chino; lo mismo que en cualquier otro grupo social. ¿Dónde estaría el modelo de conducción femenino? Las dirigentes sindicales, lo mismo que las dirigentes políticas construyen y ejercen el poder de las dos únicas maneras posibles en esta sociedad (y que son las mismas que las de los hombres): o sobre la base de la competencia, la explotación y la opresión, o sobre la base de la construcción de una nueva humanidad. Todo lo demás es verso. No quiero poner ejemplos de dirigentes sindicales, pero sí se pueden poner de políticas: Thatcher, Condolleza Rice, Isabel Perón.


De ellas no se habla
-En la Ciudad de Buenos Aires se denuncia una violación cada día y medio.
-De cada diez violaciones, sólo una se denuncia
-114 millones de mujeres y niñas sufren la ablación de clítoris, la mayoría en África, donde persiste el casamiento de niños y niñas.
-Cada día una mujer es quemada intencionalmente en Pakistán
-Los Derechos de la Mujer, proclamados en 1998 por las Naciones Unidas fueron incorporados a sus legislaciones por sólo 44 de los 193 países integrantes del organismo.
-En España la violencia de género es la primera causa de muerte entre las mujeres de 15 a 44 años, según la Organización Mundial de la Salud.
-El negocio mundial de la trata de personas genera ganancias por 32.000 millones de dólares al año y se ubica en el tercer lugar de un siniestro ranking internacional encabezado por la venta de armas y el comercio de drogas.

(Publicada en la revista "Sueños Compartidos", marzo 2010)

viernes, 5 de febrero de 2010

Modelo para armar

Julio Cortázar: tan actual como hace 26 años

Escritor de notable talento, Julio Cortázar tuvo, además, una mirada increíblemente lúcida que le permitió estar en Argentina, pese a vivir en París. Sus cuentos y novelas generan un mundo mágico y fantástico donde la ficción parece realidad y la realidad, ficción. A 26 años de su muerte, sigue tan presente como entonces, como siempre.

Por Luis Zarranz
Varias veces se ha dicho que una persona logra trascendencia cuando su nombre, un sustantivo, logra convertirse en un adjetivo que define tal o cual cosa (lo maradoniano, lo gardeliano, lo kafkiano). Cortázar ha logrado que lo cortazariano/a califique no sólo una manera de escribir, sino algo mucho más simple y complejo: una manera de ver el mundo. ¿Cómo? Mágica, donde lo fantástico no se diferencia tanto de lo real; humana, humilde, libre, lejana a todo dogma.
Es más, es tal el legado de su obra que hasta el término “cronopio”, inventado por él, terminó por convertirse en la aspiración de lo que más de uno quisiera ser: idealista, sensible y poco convencional, en claro contraste con los “famas”, que en términos cortazarianos, son los rígidos, organizados y sentenciosos.
Pocas personas, aún extendiendo la frontera más allá de la categoría “escritores”, han generado tanta admiración y cariño como Julio Cortázar: es imposible no evocarlo sin que se cuele una sonrisa en los labios. Si pudiera armarse una selección con los mejores escritores e intelectuales de nuestro país, si fuera posible tal cosa, sin duda alguna Cortázar jugaría de titular, y no sólo eso: sería una de las estrellas del equipo.
Quienes tuvieron el placer de leerlo, sienten devoción por su obra y por si vida: el cariño les queda demasiado chico. Los que no han tenido aún el gusto, traslucen el respeto aunque más no sea por las pequeñas referencias que tienen sobre él.
¿Qué despierta Cortázar, 26 años después de su muerte, para que sus libros sigan siendo de los más requeridos en cuanta librería exista; para que los jóvenes sean –desde siempre pese a los cambios generacionales– los que más se identifican con sus textos; para que florezcan ediciones especiales de revistas, reediciones de libros o notas como ésta?
No hay una respuesta inequívoca para responder. Eso sí, Cortázar fue, y sigue siendo, uno de los autores más innovadores y originales, maestro del relato corto y creador de importantes novelas que inauguraron una nueva forma de hacer literatura en Latinoamérica, rompiendo los moldes clásicos mediante narraciones que escapan de la linealidad temporal y donde los personajes adquieren una autonomía y una profundidad psicológica que generan un vínculo indestructible con quien los lee.
Pero Cortázar es mucho más que un buen escritor: es el hombre que apoya y defiende la Revolución Cubana y al Sandinismo en Nicaragua, defendiendo, también, el derecho a la crítica libre, “desde adentro”, como cuando alguien educa a un hijo y le dice “no hagas esto” para ayudarlo a crecer.
Es quien abriga, con fervor, la alegría, esa que en muchos sectores militantes queda taponada por el sentido dramático de la lucha (“No creo en las revoluciones sin alegría. No creo; no es posible”); resalta la importancia de lo lúdico, a punto tal de valorizar el juego por el juego mismo, algo infrecuente en la literatura, y una especie en vías de extinción en éstos, y aquellos, tiempos apurados. Su literatura es transformadora no sólo porque tiene un “contenido” en ese sentido sino porque procura revolucionar la forma misma, fracturar el lenguaje.
Pero sobre todo, Cortázar, quizá como entramado de todo esto, es un destructor de estereotipos y dogmas: ningún saco de encasillamiento le queda cómodo. Jamás negociará dos conceptos, que son mucho más que eso: el placer y la libertad. Y no se probará ningún traje que no contenga ambas cosas. ¿El secreto bajo esa pócima? La autenticidad. No hay nada que se le pueda atribuir haber hecho por “compromiso”, en la peor acepción del término.
Alguna vez, entre las tantas frases suyas que merecen entronarse, Julio afirmó: “Desde pequeño, mi relación con las palabras, con la escritura, no se diferencia de mi relación con el mundo en general. Yo parezco haber nacido para no aceptar las cosas tal como me son dadas”.
Esa es otra de las cualidades que definen lo cortazariano: mirar las cosas con ojos de recién llegado y no aceptarlas con la mansedumbre del conformismo rutinario. 

(Publicada en la revista "Sueños Compartidos", febrero 2010)

viernes, 29 de enero de 2010

La impunidad y sus antídotos


Este sábado 30 de enero se cumplen cinco años y un mes de la masacre de Cromañón. Que no haya ni una sola persona detenida es la muestra más contundente de la impunidad reinante. Contra ella, los familiares, amigos y sobrevivientes vienen generando diversos antídotos como lo fue el Tribunal Ético realizado el pasado 28 de diciembre.

Por Luis Zarranz

“Por Cromañón nadie tendría que ir preso,
salvo los que tiraron la bengala”.
Omar Chabán, Revista Gente (30/08/08)

Hasta donde se sabe, Omar Chabán no tiene dotes de adivino pero tal como recomendó, no hay nadie preso por la masacre de Cromañón y los cañones apuntan más a culpabilizar a los que arrojaron bengalas que a los que posibilitaron que el lugar se convirtiera en una cámara de gas sin salidas de emergencias, con material inflamable por doquier y con puertas con candados.
Es ese el dato más contundente de la impunidad del caso: no hay siquiera un solo detenido por una masacre en la que murieron 194 personas. Ese hecho alcanza, por sí mismo, para ejemplificar el grado de sordidez no sólo ya de la Justicia sino de todo un entramado de causalidades que fue, precisamente, el que posibilitó que aquella noche del 30 de diciembre de 2004 quedara marcada en el calendario de forma nefasta.
¿No es un hecho sintomático de la impunidad que no haya ningún detenido por un hecho donde las cadenas de responsabilidades son visibles hasta para un nene de jardín de infantes?
Los jueces que emitieron su fallo el 19 de agosto pasado decidieron que quienes fueron encontrados culpables no cumplan su condena de manera efectiva hasta que el fallo esté firme; es decir, que no tenga posibilidades de apelación. ¿Cuántas personas en el país son condenadas a 18 y 20 años de prisión –penas que recibieron el manager de la banda, Diego Algañaraz, el subcomisario Carlos Díaz y el propio Chabán– y tienen la posibilidad de esperar el cumplimiento efectivo de la condena en sus casas?
Si hay que ponerse contento porque el fallo sintetiza el espíritu de la corriente “garantista”, que nadie con dos dedos de frente y un mínimo de sensibilidad social puede desatender, cabe preguntarse si esos jueces aplicarían el mismo criterio si se tratase de algún hecho delictivo generado por cualquier hijo de vecino en, digamos, Ingeniero Budge, Turdera o Mataderos.
Lamentablemente la respuesta es obvia. Cuatro de cada cinco presos alojados en las cárceles de la Provincia de Buenos Aires no tienen condena firme. Y allí están.
Con ellos no hay garantismo que valga, a punto tal que se les aplica el criterio inverso: sin haber sido condenados aún –ni siquiera en primera instancia– se ven privados de su libertad, excediendo incluso el tiempo límite que marca la ley para tales casos.

La Ética
El lunes 28 de diciembre los familiares, amigos y sobrevivientes de Cromañón, acompañados por dirigentes políticos y sociales, intelectuales, abogados y periodistas, realizaron un Tribunal Ético en el Colegio Público de Abogados que, para la inmensa mayoría de los medios, pasó tan desapercibido como suelen hacerlo este tipo de actividades cuando son generadas por organizaciones sociales.
Además de la enorme contundencia ética, política, documental y testimonial, el juicio fue una bofetada tremenda contra el mote de “violentos” con que los medios de comunicación calificaron a los padres, para intentar desprestigiarlos y deslegitimizar el reclamo. El violento movimiento Cromañón, ante la violencia de un fallo que no resiste el menor análisis serio, eligió constituir un Tribunal Ético, en vez de apedrear a los jueces o corretear a los implicados. De tanta contundencia resulta inverosímil.
“La lucha por justicia incluye una sanción social de los responsables, porque la no sanción aumenta el daño a la sociedad toda, no solamente a los directamente afectados”, argumenta uno de los fragmentos de la sentencia del Tribunal, cuya lectura estuvo a cargo de Adriana Calvo, de la Asociación Ex Detenidos Desaparecidos.
En otro tramo el Jurado –haciendo referencia al alegato de la Fiscalía (Martín Caparrós y Laura Ginsberg)– sostuvo: “Es un desafío colectivo salirnos de esta lógica que plantea que todo debe seguir, en oposición al Nunca Más que alguna vez gritamos y hoy buscamos recuperar”.
Detrás de tales palabras está la lógica que propina dimensión al movimiento Cromañón: su irrupción en el espacio público. Es exactamente por esa razón que adquiere singular relevancia, además de la justicia del reclamo. Demonizados por los medios masivos de comunicación, estigmatizados por cierto progresismo que los señaló como “funcionales a la derecha” y condenados a una indiferencia descalificadora, ellos continuaron adelante marcando un camino transformador: el dolor convertido en lucha y ésta, en esperanza.
Como si esto ya no fuera demasiado, no han dejado de movilizarse mes a mes, produciendo 60 comunicados de una lucidez apabullante; constituyendo una murga, una muestra de fotos itinerante, un ciclo de charlas y conferencias, un santuario, cientos de encuentros y un movimiento contra la impunidad que los aglutinó con otras luchas.
Todo esto, y mucho más, en este tiempo en que Cromañón se convirtió en un adjetivo para calificar, mejor que ningún otro, las miles de situaciones latentes donde la vida corre riesgo frente a la más absoluta complicidad institucional. La República de Cromañón, ese país visible pero invisibilizado (y no sólo por el humo) sigue latente y silenciado hasta que una nueva masacre lo saque a la luz.

Argumentos
Son tantos los argumentos para calificar a Cromañón como una masacre evitable, que el Tribunal Ético no precisó más elementos que los estuvieron en juego durante el año que duró el juicio bajo las órdenes del Tribunal Oral Criminal Nº 24.
Éstos son algunos de ellos:
-El control de acceso al local estuvo a cargo de un grupo de personas contratadas a tal efecto por los integrantes del grupo Callejeros
-Personal de la Comisaría 7ma permitía el funcionamiento del local a cambio de sumas de dinero (según está denunciado por los propios trabajadores de Republica de Cromañon)
-Entre el show de “Ojos Locos” (banda telonera) y el de Callejeros, Omar Chabán tomó un micrófono y se dirigió al público, profiriendo insultos diversos. Dijo que había más de 6.000 personas (casi el triple de lo permitido), que el lugar no tenía ventilación y que si se producía un incendio –como ya había sucedido en otras oportunidades–, no iban a poder salir y se iban a morir todos, igual que como había sucedido en Paraguay meses antes.
-La media sombra que recubría el techo del local no estaba permitida.
-La cantidad de asistentes triplicaba el máximo permitido en la habilitación.
-El local no estaba preparado ni autorizado para la realización de recitales.
-El local no contaba con salidas de emergencia acordes con las exigencias normativas.
-La mayoría de las puertas estaban cerradas con trabas, incluso la denominada salida de emergencia, que tenía un cartel luminoso que decía “salida” (hacia donde, lógicamente, se dirigieron todos los que vieron ese cartel) y que recién pudo ser abierta casi una hora después de comenzado el incendio.
-Sólo funcionaba uno de los tres extractores de aire instalados en el local.
-Instantes después de iniciado el incendio se cortó la luz.
-Los materiales con que estaba revestido el techo del local provocaron una rapidísima propagación del fuego y generaron el humo letal.
-Los matafuegos no estaban en condiciones y el certificado de prevención contra incendios (Superintendencia de Bomberos de la Policía Federal) se encontraba vencida.
-De  las seis puertas vaivén de doble hoja que separan el hall de ingreso en el sector de boleterías, cuatro se hallaban cerradas con pasadores metálicos y fueron abiertas minutos después que se iniciara el incendio a golpes y empujones.
-En el techo funcionaba, inexplicablemente, una cancha de fútbol sin habilitar (que taponaba ventilaciones)                                

Semejante contundencia nos inhibe de nuevos adjetivos para calificar lo que ocurrió aquel 30 de diciembre de 2004. “Todos estos hechos, entre otros, marcan una y otra vez que Cromañón fue una catástrofe anunciada, en primer lugar anunciada a quienes tenían la expresa función de cuidar de las vidas de los ciudadanos”, sostiene el fallo del Tribunal Ético que aplicó un ingrediente que brilla por su ausencia en los Tribunales ordinarios: el sentido común.
A cinco años y un mes de Cromañón la impunidad sigue impune muy a pesar de la quijotesca pelea que, día a día y mes a mes, llevan adelante los familiares, amigos y sobrevivientes de la masacre.
Sigue impune no sólo porque no hay ni un solo detenido, ni porque el ex jefe de Gobierno Anibal Ibarra fue descartado de los imputados sin siquiera haber sido citado a declarar, ni porque aún no hayan comenzado los otros procesos contra, por ejemplo, los dueños del boliche.
No.
Hay algo peor. La impunidad puede medirse en las miles de situaciones Cromañón que están latentes a la vuelta de la esquina: las causas que posibilitaron la masacre están tan intactas como entonces.
Todo lo que el movimiento Cromañón produce incansablemente, como el Tribunal Ético, funciona como un antídoto contra esa vieja enfermedad de nombre impunidad. Funciona, al menos, para los que no queremos ni podemos aceptarla con naturalidad.

(29 de enero de 2010)

sábado, 5 de diciembre de 2009

La Bomba estalla todos los lunes

La Bomba de Tiempo
La Bomba de Tiempo es una banda de tambores que practica la improvisación mediante un sistema de señas. Mucho más que eso, la música que genera te invita a bailar, a moverte y esa improvisación te hace parte del show. Todos los lunes, Buenos Aires tiene una excusa perfecta para comenzar la semana de otra manera.

Por Luis Zarranz
Fotos: Sebastián Romero
Los lunes en la Ciudad Cultural Konex no son lunes, ni se siente el cansancio del fin de año. Algunos minutos después de las 20, todo empieza a cambiar.
Nadie te recomienda “La Bomba de Tiempo”. Te exigen que vayas. “Arrancas la semana de otra manera” te dicen uno, dos, diez.
Todos los lunes, que dejan de ser lunes, en la Ciudad Cultural Konex de Buenos Aires, que deja de ser Buenos Aires, la Bomba del Tiempo estalla. Y te obliga a estallar.
1.800 personas salen a escena. 17 son los percusionistas integrantes de la banda, todos vestidos de un rojo ardiente. El resto, somos público pero también somos parte de un todo que se respira en el aire.
Empiezan a sonar los tambores y no tenés manera, aún siendo un ajeno al género, de dejar las manos en los bolsillos y mirar la escena como si estuvieses fuera de ella.
Primer tema: me tengo que mover. Algo latiendo en los pies, incontrolable. A los demás, les pasa lo mismo. La gente no acompaña: disfruta. Una especie de placer colectivo nos inunda. Todos bailan frenéticamente como si fuera una de esas fiestas electrónicas de punchi punchi. Pero no, son tambores, de distintos tamaños y sonido, trompetas y otros instrumentos que suenan en una mezcla de ecos hipnóticos pero distendidos.
Ningún tema suena igual a otro, aunque pueda parecerlo a lo largo de las dos horas que dura el show, porque cada uno de ellos sigue una improvisación dirigida a través de 70 señas hechas con las manos, los dedos y el cuerpo. Con ellas, el director coordina el transcurso de la improvisación.
Los músicos toman las señas como marco pero cada uno aporta su invención. Y es esa libertad, quizá, la responsable de una música que te suelta, que te libera y que suena a pasión. Sí, la pasión suena en esos dedos que golpean el parche de un tambor piano. Suena en los aplausos que acompañan el ritmo. En la adrenalina de no saber cómo y qué sigue. En todo eso suena y también en el espíritu de cada uno de los percusionistas que, como muchos de los que están bailando y gritando alrededor mío, desbordan entusiasmo.
De golpe, el director, de espaldas al público y de frente a la banda, como buen maestro de orquesta, hace una seña inequívoca: estira las dos manos hacia delante, bien abiertas, y las baja, dos, tres veces, como indicando bajar el volumen. El público, espontáneamente, comienza a agacharse y bailamos en cuclillas (bueno, yo no tanto).
Otra seña, y la música sube y agarrate porque el grandote ese se me viene encima. “Hey, Hey, Hey”. Todos saltan. El grandote más que todos.
La música te envuelve. El director señala a cada uno de los percusionistas y todos hacen sonar, sin parar, su instrumento. Cada elemento inesperado es un disparador de nuevas ideas que los músicos y el director deben interpretar instantáneamente para que la pieza cobre sentido. Desde el baile y los gritos, hasta los errores de interpretación, son fuente de inspiración.
De repente el director se da vuelta y nos mira. Ahora nos dirige a nosotros, improvisa con nuestros aplausos. Nos marca un ritmo. Chac, Chac…, Chac, Chac, Chac. Chac, Chac…, Chac, Chac, Chac. Hace el gesto como para que sigamos. Los aplausos continúan. Chac, chac…, chac, chac, chac. Se da vuelta, una seña para la trompeta, otra para los tambores de la izquierda. Los aplausos se funden con la música. Comunión total. El show lo hacemos todos.
En cada nuevo tema no se sabe qué sonará a continuación. Los músicos se lanzan a tocar sin saber qué harán sus compañeros. A veces se ponen de acuerdo entre dos o tres músicos cuchicheando al oído antes de una entrada. Otras veces tocan algo cuyo sentido recién se completará con el aporte posterior de los otros músicos. De todo eso, el director va tomando elementos y pidiendo mediante las señas que los músicos se imiten o complementen de diversas maneras, o que cambien abruptamente de ritmo.
Uno no puede dimensionar que cien metros más allá el 124 esté, seguramente, tocando la bocina como si fuera un sonajero; que el subte, con demora o no, haga que sus pasajeros tengan más marca personal que Martín Palermo; que el cemento se continúe en más cemento…

No se puede dimensionar porque a esta altura de la noche uno, dejado llevar por el ambiente, la música y el ritmo, está a kilómetros de distancia de la realidad que será real en menos de una hora cuando compruebe, efectivamente, que el chofer del colectivo se cree que es Fangio y te sacuda más que este ritmo frenético.
La música sigue. La percusión te mueve las entrañas: te obliga. Los hombros, las caderas, la cabeza, las piernas, saltas. Vos también improvisás, como te salga, y te sale la alegría, la risa, esa que tal vez muchos lunes te falta porque ves la semana interminable, hasta que la Bomba estalla, deja de ser lunes y deja de ser Buenos Aires aunque la bocina del colectivo en estado desesperado te digan lo contrario.

+info
(Publicada en la revista "Sueños Compartidos", noviembre 2009)

“Los indígenas son los primeros desaparecidos”

Entrevista Marcelo Valko

Marcelo Valko es docente de la Universidad Popular y autor del libro “Los Indios Invisibles del Malón de la Paz”, publicado por la Editorial de las Madres. En esta nota explica en qué consistió y cómo terminó esa manifestación histórica de 174 aborígenes, que su investigación rescata con documentos y pruebas contundentes

Por Luis Zarranz
Resulta difícil de imaginar: 174 indígenas que atraviesan 2.000 kilómetros a pie durante ochenta y un días, desde Jujuy hasta Buenos Aires. ¿Cuál es el objetivo? Hacerse visibles y recuperar sus tierras usurpadas. Son recibidos, en Plaza de Mayo, por una multitud y por el Gobierno del reciente presidente, Juan D. Perón. Es sábado 3 de agosto de 1946. Dos de ellos suben al histórico balcón de la Casa Rosada: parece que ganaron.
Pasan los días y el objetivo queda lejos. Después de esa recepción apoteótica son  alojados en el Hotel de Inmigrantes (ellos, los orginarios, en el lugar donde se alojaba a los extranjeros recién llegados al país). Durante los primeros días se los exhibe en distintos medios y eventos y hasta se les hace disputar el partido de fútbol preliminar al Boca-River de ese año.
Veinte días después, son militarizados, confinados, secuestrados y arrojados contra la frontera con Bolivia, en Abra Pampa (Jujuy). Allí, el recibimiento de los “kapangas” es un lujo: “Ahora van a tener las tierras que querían, indios de mierda”.
Este relato, que parece un cuento de ciencia ficción, es tan real como la noche, aunque se trate de la síntesis más pequeña que pueda hacerse sobre tal suceso histórico. Lo cuenta, apasionadamente, Marcelo Valko, psicólogo, director de un proyecto sobre imaginario andino en la Facultad de Filosofía y Letras (UBA) y profesor titular de la cátedra “Imaginario Étnico, Memoria y Resistencia” en la carrera de Capitalismo y DD.HH. de la Universidad Popular Madres de Plaza de Mayo (UPMPM).
Ese resumen reduce en unas pocas líneas los tres años de investigación y las casi 400 páginas de “Los Indios invisibles del Malón de la Paz” (Ediciones Madres de Plaza de Mayo), el libro de su autoría que ya va por su segunda edición, prologado por Osvaldo Bayer, y que fue seleccionado por él mismo como Tomo I de la Colección que lleva su nombre. Antes, el manuscrito, con prólogo incluido, había sido rechazado e ignorado por seis editoriales.

-¿Cuándo y por qué surge la idea de escribir el libro?
-Al principio me acerqué por la incredulidad, porque es un tema bastante increíble. Los kollas estaban cansados de pleitear en los tribunales provinciales y en ese momento tan particular de Argentina, en 1946, deciden venir a Buenos Aires. Pero no serán tres o cuatro -que era lo que podía sostener la comunidad- sino que van a ser tantos, 174, que ellos mismos se van a autodenominar “malón”. Y como este es un país tan peligroso, por las dudas se van a agregar “de la paz”. Es sintomático que en 60 años nadie haya escrito nada del malón.

-El título del libro habla de “los indios invisibles”. ¿Cuánto sirvió para desinvilizarlos y en qué medida los pueblos originarios siguen siendo “invisibles”?
-Sirvió para introducir la palabra “invisible”, para que saliera la ley (ver aparte). Yo ahora vengo de un congreso interescuelas de Bariloche, y estuvo repleto de mesas en referencia a la “invisibilidad”. Para eso sirvió. Lamentablemente no salieron de la invisibilidad pero en la Facultad a mí me enseñaron que un buen diagnostico da un buen pronostico. Si tenés un diagnostico preciso, en este caso la invisibilidad de los originarios, hay más chances para mejorar esa situación. El libro se presentó desde Abra Pampa hasta en la mina de carbón de Río Turbio: en todos esos lugares fue desinvilizando.

Marcelo no necesita poner en palabras la emoción que recorre su cuerpo cuando habla del Malón y las repercusiones del libro: la piel se le eriza en varios momentos a lo largo de la charla. “Hay cosas que no las puedo creer y además siguen sucediendo todo el tiempo”, dice con emoción. “Por ejemplo, hay dos libros enterrados, uno en Abra Pampa y otro en la zona de Naranjos. Es una ceremonia que se llama corpachada: se le da de comer a la Pachamama para que se comunique a los ancestros y le cuente a la tierra. Y la tierra ayuda a contar la historia”.


-¿Qué dimensión adquiere que el libro haya sido editado por las Madres?
(Nuevamente la piel de gallina gana su brazo). -Un libro de invisibles editado por las Madres que tienen a sus hijos desaparecidos. Es increíble. El título estaba de antes que lo aceptaran las Madres. Es maravilloso. Las Madres saben que los indígenas son los primeros desaparecidos.

-¿De qué manera te implica participar en toda esta investigación?
-Es un viaje sin retorno, no volví a ser más el que era. No fue como ninguno de los trabajos que hice anteriormente. Me cambió, me hizo mejor persona.

(Publicada en la revista "Sueños Compartidos", diciembre 2009)

Una ley necesaria
Una de las cuestiones que permitió el peregrinar de Marcelo Valko para visibilizar a los maloneros fue que se sancione la ley que intenta reparar años de desmemoria e injusticia.
El proyecto, impulsado por él mismo, tuvo cuatro puntos básicos: devolución de tierras; que el tema del Malón de la Paz (no su libro) ingrese en la currícula escolar; reconocimiento a la gesta de los kollas y un subsidio a los sobrevivientes. Finalmente, en agosto, que casualmente es el mes de la Pachamama, el proyecto se hizo ley.

Monumento originario
La UPMPM es uno de los lugares donde se reciben llaves para la construcción del “Monumento a la Mujer Originaria”. Valko resume el proyecto: “Es una idea de Osvaldo Bayer, que dice que no puede ser que tengamos un monumento que afrenta a una población tan grande, como lo es el monumento a Julio Argentino Roca, (en Diagonal Sur y Perú, Ciudad Autónoma de Buenos Aires)”.
“Bayer dice que no lo tenemos que destruir a mazazos, como se merecería, sino que debemos trasladarlo a la estancia “La Larga”, que es de los parientes de Roca, y que en su lugar pongamos un monumento con dos mujeres que se estén mirando: la mujer originaria y la inmigrante”.
“Andrés Zerneri, que construyó el monumento al “Che” en Rosario, está trabajando para hacer éste, que se hará de la misma manera: juntando llaves, que es bronce y que es tan caro. No creemos que las autoridades se animen a sacar el monumento pero mientras juntamos las llaves, se va a ir generando conciencia”.
En el Bar de las Madres, Hipólito Yrigoyen 1584, hay un recipiente donde pueden dejarse llaves en desuso para la construcción del monumento.